NOTA DE ESTA EDICIÓN VIRTUAL:Este trabajo fue presentado originariamente durante el año 1916, en plena Guerra Europea, por un capellán militar francés. Consideramos que merece estar en la Biblioteca Virtual Mercedaria, por varias razones:
El trabajo fue publicado en el Semanario Ecos de la Fe, que se publicaba en el Convento de la Merced de Córdoba, entre los años 1917 y 1928 inclusive. |
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Ecos de la Fe, Domingo 3 de mayo de 1925. A los amantes de nuestra Orden de la Merced En el próximo número de Ecos de la Fe empezaremos a publicar un folleto titulado Una página de la Historia de la Caridad escrito en francés por el Abad Miguel Even, Hermano de la Primera Orden de la Merced, y traducido al castellano por un religioso nuestro, Mercedario. Creemos que nuestros queridos lectores mercedarios leerán con gusto cada uno de los artículos que vayamos publicando de dicho folleto, por tratarse de cosas de la Orden. Que siempre interesan no solamente a los que llevamos el hábito blanco sino también a sus amantes admiradores. Además quien ha escrito esta página de Nuestra Orden es un fervoroso sacerdote francés, el cual durante la gran Guerra Mundial hizo imprimir tarjetas postales de la Redentora de Cautivos, llevado de su devoción a Ella, para presentarla ante el mundo como Reina de la Paz, consuelo de los afligidos y Madre soberana de Mercedes y Misericordia. |
—LA ORDEN DE LA MERCED PARA LA REDENCIÓN DE LOS CAUTIVOS—
Por el Abad MIGUEL EVEN
SEGUNDA EDICIÓN
Traducción del Rdo. P.
Fray Bernardino Toledo (mercedario)
Capítulo I. La Iglesia y la Esclavitud
Capítulo II. Historia General de la Orden
Capítulo III. La Orden en Francia y en Italia
Capítulo IV. Las Redenciones
Capítulo V. Conclusiones
Declara el autor que en cuanto a los milagros, a las revelaciones y el título de Santo o de Bienaventurado atribuidos a tal o cual personaje, se remite del todo a los decretos de Urbano VIII, queriendo ante todo que las decisiones de la Santa Sede Apostólica sean la regla suprema de su fe.
He leído una y otra vez con detención e insistencia el opúsculo de mi tarea presente, para compenetrarme de su texto original y ratificarme o no en mi primera impresión y juicio, y creo que merece y vale el trabajo de una edición castellana para divulgar su importancia, siquiera sea entre los de la misma profesión y los que por afecto nos pertenecen de cerca.
Lo encuentro relativamente difuso y abundante de noticias mercedarias tocante a la patria de la autor, de las cuales por lo general se carece, por tratarse de tiempos muy abstrusos y ser materia aquella que sólo a la Orden interesa de cerca.
He optado por una traducción media entre "literal y libre" apoyado en aquello que la "letra mata y el espíritu vivifica" evitando así los extremos.
Y bien, en una traducción no se trata de escribir un libro nuevo, más elegante y moderno, en cuanto a la forma, más verídico y exacto, de mejor literatura, etcétera, y mucho menos se trata de hacer una paráfrasis, que de todo esto y mucho más puede acaso ser capaz el traductor. De nada de todo esto se trata.
Trátase de la versión del concepto ideal apropiándose los términos, locuciones, fines, modismos y demás de la lengua a la cual se traduce, de suerte que representen y copien, por decir así, con fidelidad dicho concepto. No es permitido, no es de buena ley desfigurar el sentido ni adulterar las ideas.
Suelen ser difíciles lasa traducciones del todo buenas y por lo mismo escasas y pocas; con todo yo he acometido la presente por la utilidad que ella puede reportar; será tal vez una vana presunción y osadía al mismo tiempo. Dispénseme el Autor, si no trato del todo bien su texto, como es mi deseo.
La ocasión de este modesto trabajo fue dada por Monseñor Obispo de Laval, quien sabiendo que el autor se singularizaba en la historia de la Orden de la Merced, le rogó hacer participantes de sus estudios a los compañeros del clero movilizado.
El rimero de febrero de 1916 fue dada por lo tanto esta conferencia en Laval, y publicada poco tiempo después según el deseo formal del Obispo y de los Superiores de la Orden, a quienes ella había sido comunicada.
En el corto prefacio de esta primera edición expresamos fielmente cual fue nuestro designio.
Yo espero, entregando estas páginas a la impresión, hacer conocer mejor hasta qué punto la Iglesia Católica, que fue imitadora de su Divino Maestro, ha practicado el heroísmo de la caridad. En el tiempo actual nos será útil a todos recibir esta lección, ya que todos tenemos en este momento, mayormente los sacerdotes, la obligación de probar, a imitación de los religiosos de la Merced: «Que solamente aman de verdad a sus amigos, aquellos que dan su vida por ellos» (San Juan XV, 13).
La edición hecha, aunque de un buen número de ejemplares, está hoy día enteramente agotada.
Conforme con el pedido del Vicario General de la Merced, hemos preparado una segunda edición añadiendo y corrigiendo no pocas cosas, pero conservando la forma primitiva. En todo caso no es más que un humilde trabajo de aliento que la Santísima Virgen y los lectores aceptarán no obstante su imperfección, viendo en él sobre todo el deseo que el autor tiene de manifestar una vez más el afecto y reconocimiento filial a la incomparable Madre de Dios.
Roma, 15 de junio de 1918.
Miguel Even
Secretario Misionero
Una página de la Historia de la Caridad |
Monseñor (1) - Señores (2)
Leemos en el evangelio de San Juan estas palabras del divino Maestro: "Todos os reconocerán por mis amigos en que os amáis los unos a los otros".
Con la Historia de la Iglesia a la vista, tengo la intención hoy de traeros a la mente algunos recuerdos de una familia religiosa humilde, pobre, "poco conocida" que ciertamente y conforme con la orden de la Virgen, puso en práctica con un heroísmo muy remarcable esta recomendación de Cristo, que tomando a la letra otro precepto: "Solo ama verdaderamente a sus amigos aquel que da su vida por ellos" (San Juan XV 13) ha hecho la regla de su vida de una manera absoluta durante muchos siglos, por la salud y alivio de los cristianos desgraciados.
Todos sabemos que la vida del Catolicismo en el mundo es una maravillosa obra de apologética continua, pero a menudo lo creemos por afirmación de otros, sin ir nosotros mismos hasta el estudio de los hechos y de las fuentes; espero que encontraremos en este breve estudio una prueba de lo que afirmo y el coraje necesario en esta hora especialmente en que casi en todos nuestros hospitales y también de otras partes somos llamados por la voluntad de Dios, a servir "heroicamente" al prójimo.
Yo me propongo por lo tanto, después de haber evocado con brevedad lo que la Iglesia ha hecho hasta el siglo XIII luchando contra la esclavitud, exponeros en estas líneas la historia de la Orden de Nuestra Señora de la Merced o de la Misericordia para la Redención de Cautivos, y espero daros ocasión de recordar con gozo una vez más la antigua y siempre cara palabra de la divina Escritura: "Dios es verdaderamente admirable en sus santos".
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Una de las grandes ideas que produjo en el mundo el Cristianismo fue la del respeto debido a la personalidad humana.
Nuestro Señor había enseñado, ya lo recordé al principio: "Todos conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros", y "Mi mandamiento es que os améis los unos a los otros, como yo os he amado".
El amor de Dios y del prójimo es una obligación tan estricta en la religión cristiana, que es imposible salvarse sin este amor. ¡Es necesario ir, dice San Juan (I,3) hasta dar la vida por nuestros hermanos, como Jesucristo dio su vida por nosotros". "Y si alguno —continúa el mismo apóstol— tiene bienes de este mundo, y viendo a su hermano en necesidad, le cierra el corazón y las entrañas, ¿cómo ha de morar en él el amor de Dios?". De aquí es que termina: "No amemos al prójimo de palabra y de boca sino de obra y en verdad". Pues bien, desde el principio de su misión la Iglesia encontró antes de ella, consagrada por las leyes y las habitudes esta horrible plaga de la esclavitud. En la sociedad el esclavo no es un hombre sino una cosa, "res" (1); y quien conoce todo el salvajismo y toda la brutalidad de las costumbres romanas, tiene la clave para entender lo que venía a ser el esclavo en manos de sus amos frecuentemente libertinos, crueles en todo caso, y casi siempre indolentes de lo que puede pensar y padecer un infeliz esclavo.
La Iglesia naciente no descuidó jamás su misión libertadora; no hay nada más tierno y emocionante que la famosa carta del Apóstol San Pablo en la que recomienda a la benevolencia de su señor al pobre esclavo fugitivo que le fue enviado a su casa (2).
No obstante era difícil romper de golpe y atacar de frente todo el concepto social del mundo pagano fundado en gran parte en la utilización de la esclavitud; a propósito de lo cual Renán ha escrito estas líneas, que vienen a ser la expresión más exacta de una gran verdad: "No hay una sola palabra en toda la antigua literatura cristiana para predicar a rebelión al esclavo. Es esto una razón indirecta y por vía de consecuencia, que el cristianismo contribuyó poderosamente a cambiar la situación del esclavo y apurar el fin de la esclavitud". El mismo escribe más adelante: "La fe nueva hace imposible la esclavitud, ésta no la suprimió de hecho directamente, pero suprimió las costumbres que la hacían posible". Trabajando para cambiar la mentalidad de las masas, no descuida, dada la ocasión, las duras lecciones; y se
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siente la emoción profunda aunque comprimida que encierran estas bellas palabras de San Agustín: "Dios ha querido que la criatura racional, hecha a su imagen, no tenga dominio sino sobre la criatura privada de razón. No ha establecido por lo tanto la dominación del hombre sobre el hombre, sino del hombre sobre la bestia".
Vemos sin cesar a la Iglesia que rescata los cautivo, los liberta, protege su libertad y recuerda a los amos, como a todos los hombres, que han sido librados de la servidumbre del pecado por los méritos de Jesucristo.
San Cipriano, Obispo de Cartago, escribió una larga carta a los obispos de Numidia sobre la necesidad de contribuir a a redención de los cautivos (Epist. 6º ad Episcopus Numidiæ).
San Ambrosio de Milán vende los vasos sagrados de sus iglesias para rescatar prisioneros, y como se le censurara, escribió lo que sigue: "Sí, he vendido los vasos sagrados, porque, ¿no vale más salvar las almas de la condenación eterna que conservar en una sacristía los vasos de oro y plata? ¡Si la Iglesia tiene riquezas sabed que éstas no son sino para emplearlas en actos de caridad y no para formar un tesoro!" (S. Ambrosio I, 2 aff. 28).
San Gregorio el Grande (citado por el P. Latomy en su historia de la fundación de la Merced, cap. 8) consigna que la acción más santa y meritoria que puede hacer un cristiano para merecer el cielo, es la de rescatar los cautivos: "Captivos redimere, opus est præstantissimum et clarissimum inter omnia"; ya que el que rescata al cautivo practica todas las obras de misericordia, aparta a su prójimo de la esclavitud con sus limosnas; le fortifica en su fe, le instruye en lo relativo a su salud, viste a los desnudos, les d de comer y beber, acude con prontitud a sus necesidades espirituales y corporales.
Nam qui proximum e captivitate eripit, is eum instruit docet, operit; neque solum esurientem aut sitientem reficit, verum ex præsentissimo religionis periculo animam et corpus extrahit
El año 549 el V Concilio de Orleans decretó: "Cuantos esclavos han sido libertados por sus dueños, la Iglesia debe defender su libertad". El año 589 el III Concilio de Toledo definió que "los libertados están bajo la protección de la Iglesia". Finalmente no se puede leer sin admiración este texto de un acta de libertad dada al fin del siglo VI por el Papa S. Gregorio Magno: "Después que el Redentor y Creador del mundo ha querido encarnar en la humanidad, a fin de romper por la gracia de la libertad, las cadenas de nuestra servidumbre y restituirnos de nuevo a nuestra primitiva libertad, este bien y buena conducta que restituye el beneficio de la libertad original a los hombres que la naturaleza ha hecho libres, y que el derecho de gentes ha dominado sobre el yugo de la esclavitud, es por lo que, a vosotros, Montano y Tomás, siervos de la Santa iglesia romana a la cual servimos, de tal modo con la idea de Dios, os hacemos libres y ciudadanos romanos de este día, y os dejamos todo nuestro peculio".
La Iglesia Católica llegó poco a poco y no sin esfuerzo a detener esta terrible calamidad en el momento mismo que el mal tomó una fuerza inesperada, algunos años después que S. Gregorio Magno firmó la página que se acaba e leer.
A principios del siglo VII, cuando Europa se restablecía apenas de los desastres acumulados por las invasiones sucesivas de los bárbaros, se produjo un extraño suceso de inquietud por causa de las novedades que se recibieron de los confines del mundo civilizado. Se supo que un joven profeta, por nombre Mahoma, llamándose inspirado de Dios y guiado por el arcángel Gabriel, había fundado una nueva religión en los confines del imperio de Bizancio.
Éste tal agrupaba y fanatizaba las poblaciones del Asia Occidental y las arrojaba a la conquista del mundo. Sus generales, en seguida sus discípulos, trastornaron en pocos años el imperio de Oriente y los principados de Asia Menor, ocuparon los Santos Lugares, Egipto y África del Norte, arrasaron la civilización cristiana en España, entraron en Francia y no se detuvieron sino después del desastre de Poitiers y de la terrible lección que allí se les dio por la armada victoriosa de Carlos Martel. Reducidos a España, la ocuparon durante largos siglos en su mayor parte, y dominando sobre más de la mitad del Mediterráneo, fueron, por decir así, los dueños hasta 1830 cuando la toma de Argel por los franceses.
Allí atrincherados en los puertos de Argelia, de Túnez y de Marruecos, en lo que se llamaba en dos palabras los "Estados Berberiscos", equipaban numerosos bajeles de corsarios, detenían los navíos de comercio y desembarcaban en las costas de las islas Baleares, de Italia, de Provenza, de Grecia y de España, saqueaban arrasando todo, llevando en esclavitud poblaciones enteras.
La cristiandad un tanto estupefacta por la violencia del ataque, no tardó mucho en resarcirse del mal, comenzando a rechazar al invasor. España bajo la bandera de Santiago, su patrón, se esforzó para reconquistar su territorio palmo a palmo. Los príncipes comenzaron las grandes expediciones de las cruzadas llamados a la lucha por la voz del papa de Roma. Total, al lado de los esfuerzos militares había un lugar para los de la caridad cristiana, y ésta fue la obra de las órdenes redentoras. para terminar estas primeras reflexiones, lo mejor es citar aquí las inolvidables páginas consagradas por e filósofo español presbítero Jaime Balmes (1) a la gloria de las órdenes religiosas que hacen votos de redención de cautivos.
"Al echar una ojeada sobre los institutos religiosos, que se presentaron en la Iglesia desde el siglo XIII, no hemos hecho mención detenida de uno, que a más de ser participante de la gloria de los otros, lleva un carácter particular de sublimidad y belleza, digno sobremanera de llamar la atención: hablo del instituto cuyo objeto fue la redención de los cautivos de manos de los infieles. Apellídole en singular, porque no me propongo descender a las diferentes clases en que se distinguió; considero la unidad del objeto, y por esta unidad llamo también uno al objeto. Cambiadas felizmente las circunstancias que motivaron dicha fundación, nosotros podemos apenas estimarla en su justo valor, sin apreciar debidamente la grata impresión y el santo entusiasmo que debió producir en todos los países cristianos.
A causa de las dilatadas guerras con los infieles, gemían en poder de éstos un sinnúmero de cristianos, privados de su patria y libertad, expuestos a los peligros en que su penosa situación los colocaba a menudo de apostatar de la fe de sus padres.
Ocupando todavía los moros una parte considerable de España, dominando exclusivamente en la costa de África, pujantes y orgullosos en oriente a causa de los reveses sufridos por los cruzados, tenían los infieles ceñido el mediodía de Europa con una línea muy extendida y cercana, desde donde podían escuchar el momento oportuno y procurarse considerable número de esclavos.
Las revoluciones y vaivenes de aquellos tiempos les ofrecían a cada paso coyunturas favorables; el odio y la codicia estimulaban de continuo sus corazones a satisfacer su venganza en los cristianos desapercibidos. Puede asegurarse, que era éste uno de los gravísimos males que afligían a la Europa, si la palabra caridad no había de ser un nombre vano; si los pueblos europeos no querían olvidarse de sus lazos de fraternidad, y de su comunidad de intereses, era necesario, urgente tratar del remedio que debía aplicarse a calamidad tan dolorosa. El veterano que en vez del premio de largos servicios hecho a la religión y a la patria, había encontrado en las tinieblas de una mazmorra, el mercader que surcando los mares para llevar bastimentos al ejército cristiano, había caído en poder de los enemigos implacables, y pagaba su emprendedora osadía cargado de pesadas cadenas; la tímida doncella, que al tiempo de solazarse distraída a la orilla del mar había sido alevemente sorprendida y arrebatada por desalmados piratas, como paloma en garras del azor, todos estos desgraciados tenían derecho sin duda a que sus hermanos de Europa les dispensaran una mirada de compasión, e hiciesen un esfuerzo para libertarlos.
¿Cómo se conseguirá este caritativo objeto? ¿qué medios podrán emplearse para llevar a cabo una empresa, que ni puede confiarse a las armas, ni tampoco a la astucia? Nada más fecundo en recursos que el catolicismo; en presentándose una necesidad, si se le deja obrar libremente excogitará desde luego los medios más a propósito para socorrerla. Las reclamaciones y negociaciones de las potencias cristianas nada podrían recabar en favor de los cautivos; nuevas guerras emprendidas por esta causa aumentarían las calamidades públicas, empeorarían la suerte de los que gimen en el cautiverio y quizás acrecentarían el número enviándoles nuevos compañeros de desgracia; los medios pecuniarios, faltos de un punto céntrico de dirección y acción, producirían escaso fruto, y vendrían a desperdiciarse en manos de los agentes subalternos; ¿qué recurso quedaba pues? el recurso poderoso, que tiene siempre a mano la religión católica, su secreto para llevar a cabo las empresas mayores: "la caridad".
"Pero, ¿cómo habría de obrar esa caridad?: del modo que obran en el catolicismo todas las virtudes. Esta religión divina que bajada del cielo levanta de continuo el entendimiento del hombre a meditaciones sublimes, tiene sin embargo un carácter singular que la distingue de las escuelas y sectas que han pretendido imitarla. A pesar del espíritu de abstracción que la mantiene despegada de las cosas terrenas, nada se encuentra en ella de vago, de ocioso, de puramente teórico. Todo es especulativo y práctico, sublime y llano, a todo se acomoda, a todo se adapta, con tal que sea compatible con la verdad de sus dogmas y la severidad de sus máximas. Con los ojos fijos en el cielo, no se olvida que está sobre la tierra, de que trata con hombres mortales, sujetos a calamidades y miserias: con una mano le señala la eternidad, con la otra socorre sus infortunios, alivia sus penas, enjuga sus lágrimas. No se contenta con palabras estériles: para ella el amor del prójimo no es nada, sino se manifiesta dando de comer al hambriento, de beber al que tiene sed, cubriendo al desnudo, consolando al afligido, visitando al enfermo, aliviando al preso, rescatando al cautivo. Por valerme de una expresión favorita del siglo actual, es «positiva» en grado eminente. Así es que sus pensamientos procura realizarlos por medio de instituciones benéficas, fecundas; distinguiéndose en esto la filosofía humana, cuyas pomposas palabras y gigantescos proyectos contrastan tan miserablemente con la pequeñez, con la nada de sus obras. La religión habla poco, pero medita y ejecuta mucho; digna hija del Ser infinito, que abismado en la contemplación del piélago de luz que encierra en su esencia, no ha dejado de criar ese universo que nos asombra, no deja de conservarle con inefable bondad, y regirle con inconcebible sabiduría.
Para acudir al socorro de los infelices cautivos hubiera parecido sin duda pensamiento muy feliz, el de una vasta asociación que extendida por todas las comarcas de Europa, se hallase en relaciones con cuantos cristianos pudiesen contribuir con sus limosnas a obra tan santa; y que además tuviera siempre a la mano una porción de individuos prontos a surcar los mares, y resueltos, si fuera menester, a arrostrar por el rescate de sus prójimos el cautiverio y la muerte. De esta manera se lograba la reunión de muchos medios, se aseguraba la buena inversión de los caudales; las negociaciones para la redención de los cautivos tenían la seguridad de ser conducidas por hombres celosos y experimentados, es decir, que esta asociación llenaba cumplidamente su objeto, y desde su planteo podían los cristianos esperar socorros más prontos y eficaces. He aquí cabalmente el pensamiento realizado en la institución de las órdenes para la redención de los cautivos.
Los religiosos que la profesan se ligan con voto de atender a esa obra de caridad. Libres de los embarazos que consigo traen las relaciones de familia y el cuidado de los negocios mundanos, pueden consagrarse a esta tarea con todo el ardor de su celo. Los viajes dilatados, los peligros del mar, los riesgos de climas malsanos, la ferocidad de los infieles, nada los arredra; en sus propios vestidos, en las oraciones de su instituto, halan el recuerdo continuo del voto con que se ligaron en presencia de Dios. Su reposo, sus comodidades, su vida misma, ya no les pertenecen, son de los infelices cautivos que gimen en un calabozo, o arrastran a los pies de sus amos una pesada cadena allende en el Mediterráneo. Las familias de las desgraciadas víctimas tienen fijos sus ojos sobre el religioso y le exigen el cumplimiento de la promesa.
«Ya desde los primeros siglos del cristianismo se desplegó en la Iglesia el celo por la redención de los cautivos; celo que se fue conservando siempre, y en cuyo impulso se hacían los mayores sacrificios. En todas épocas procuró la Iglesia la redención de los cautivos; en todos tiempos algunos cristianos de caridad heroica supieron desprenderse de sus bienes y hasta su libertad, para acudir a esa obra de misericordia; pero esto quedaba encomendado a la discreción de los fieles, y no había un cuerpo que representase ese pensamiento de caridad. Nuevas necesidades se presentan, los medios ordinarios no bastan; convienen que los recursos se reúnan con prontitud, que se empleen con discernimiento, la caridad ha menester, por decirlo así, un brazo siempre pronto a ejecutar sus órdenes; una institución permanente se hace necesaria: la institución hace, la necesidad queda satisfecha.
Estamos tan acostumbrados a lo sublime y a lo bello en la obra de la religión, que apenas reparamos en los mayores prodigios; de la propia suerte que aprovechándonos de los beneficios de la naturaleza, contemplamos indiferentes sus operaciones y productos más admirados. En los varios institutos religiosos que bajo distintas formas se han visto desde el principio de la Iglesia, hemos tenido ocasión de observar cosas altamente dignas de asombrar al filósofo como al cristiano; pero dudo mucho que en la historia de estos institutos pueda encontrarse nada más hermoso, más interesante, más tierno, que el cuadro que nos ofrecen las órdenes redentoras.
La fundación de la Orden de la Merced tuvo un origen semejante. San Pedro Nolasco, después de haber gastado cuanto poseía, empleándolo en el rescate de los cautivos, y no sabiendo de que echar mano para continuar su piadosa tarea, recurrió a la oración para fortalecer más en el santo propósito que había formado de vender su propia libertad, o de quedarse en el cautiverio en lugar de algunos de sus hermanos.
Durante la oración, se le apareció la Santísima Virgen manifestándole cuán agradable le sería a Ella y a su divino Hijo la institución de una orden cuyo objeto fuera la redención de los cautivos. Puesto de acuerdo el santo con el rey de Aragón y con San Raimundo de Peñafort, procedió a la fundación de dicha orden; y el deseo que antes había tenido de entregarse en cautiverio para rescatar a loas demás lo convirtió entonces en voto, no sólo para sí mismo, sino también para cuantos profesasen en el nuevo instituto.
Repetiré aquí lo indicado más arriba, sea cual fuere el juicio que se quiera formar sobre esas apariciones, y aún cuando se pretendiese rechazarlas como ilusión, siempre resulta lo que nos hemos propuesto probar, a saber, la influencia de la religión católica en socorrer un grande infortunio, y la utilidad del instituto en que tan maravillosamente se personificaba el heroísmo de la caridad. En efecto: suponed que el santo fundador hubiese padecido una ilusión tomando por revelaciones celestiales las inspiraciones de su ferviente celo: ¿los beneficios para los desgraciados dejan de ser los mismos? Vosotros me habláis mucho de ilusiones: pero lo cierto es que esas ilusiones producen la realidad. Cuando San Pedro Armengol no teniendo recursos para libertar a unos infelices, se quedaba por ellos en rehenes, y pasado el día del pago y no llegando el dinero, sufría resignadamente que le ahorcasen, por cierto que las ilusiones no quedaban estériles y que ninguna realidad producía mayores prodigios de celo y heroísmo. El condenar las cosas de la religión como ilusiones y locuras, data de muy antiguo; desde los primeros tiempos del cristianismo fue tratado de locura el misterio de la Cruz; pero esto no impidió que esa pretendida locura cambiase la faz del mundo».
Entre las renombradas asociaciones de caballeros monjes fundados en la edad media para la defensa de la fe católica y de la civilización cristiana contra sus enemigos y más particularmente contra los esfuerzos del islamismo, la Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced es casi la única que se conserva hoy en día en su integridad de orden religiosa.
Nos queda para referirnos a la fundación y a quien la Virgen la encomendó, un documento de irrefutable valor, conocido en la Historia Mercedaria con el nombre de «documento de los sellos» (document des sceaux).
Este es un acto notarial de 1260, que contiene un resumen de la vida del santo fundador, y fue recopilado cuatro años después de su muerte conforme con la orden del obispo de Barcelona, para una información canónica probablemente. Se llama el documento «de los sellos», a causa de los sellos de cera de que los deponentes, nueve religiosos de la Merced y tres canónigos de la catedral de Barcelona, acompañaron sus firmas. El testimonio de los que conocieron al santo, es por ello de una importancia capital y de una autenticidad absoluta. El original que se conserva en el colegio de los mercedarios de Lérida en España. He aquí la traducción tan exacta como es posible: (1)
«Hacemos conocer a todos en el nombre de Cristo, que en el año del Señor 1260 en los idus de Mayo, que delante de nosotros Pedro Bagés notario público de Barcelona y de todo el territorio sometido a la autoridad de nuestro ilustre Señor el Rey de Aragón, por su voluntad y la de los testigos firmados, llamados especialmente y consultados para este fin, fray Guillermo de Bas, hombre piadoso y venerable, por la gracia de Dios, maestro general de la Orden de Cautivos, compareció en persona con los otros frailes suscritores de la misma Orden.
Como los testimonios recogidos este año por la orden y autoridad del Reverendísimo señor Arnaud, obispo de Barcelona, atañen a la admirable vida del venerable Pedro Nolasco, primer maestro general de la Orden, debían ser enviados a Roma a nuestro Santo Padre Alejandro IV Papa por la Divina Providencia; temiendo que estos testimonios se perdieran y que se borrase para el porvenir el recuerdo de cosas tan importantes, solicitaron y pidieron que nosotros juzguemos a propósito redactar documentos públicos fieles y sucintos de estas disposiciones y que coloquemos estas piezas en los archivos de dicha religión (*) para que nada se pierda.
Accediendo por lo tanto a estos deseos, hemos elegido con la mayor brevedad posible lo que sigue acerca de dichos testimonios.
Pedro Nolasco fue de origen francés. Nació cerca de Carcasona en la parroquia de San Papoul de padres nobles. Siendo aún niño de cuna, un enjambre de abejas fijó un panal de miel en su mano derecha.
Siendo aun jovencito la vista de los pobres le hacían llorar largamente hasta que se les socorría. Muertos sus padres, a fin de huir de la herejía albigense que se volvía demasiado cruel en Francia, enriquecido con la venta de su patrimonio, se marchó a Cataluña, donde quiso orar en seguida a la Virgen María en su santuario de Monserrat, y una noche mientras que estaba en oración se le apareció el demonio para disuadirlo de su propósito, pero viendo su firmeza le dejó en paz. Cumplido su voto retornó a Barcelona donde comenzó a distribuir con toda caridad lo que había llevado de su patria. La suerte de los cautivos le atormentaba extremosamente. Para el rescate de éstos fue cinco veces a Valencia y una a Mallorca, y en cuatro acometidas diferentes libertó con sus propios recursos cerca de trescientos cautivos.
Ayudado por las limosnas de los fieles libertó en otros dos viajes todos aquellos que pudo.
El que había sido tan rico para otros, fue para él pobre a tal punto, que no poseía en propiedad ni una casa, ni siquiera un lecho, porque para estar más listo para la oración, se acostaba sobre la tierra desnuda toda la noche. Mucha gente le vejaba porque conducía jóvenes a ocuparse en una obra tan caritativa. Dos veces al día oraba prolongadamente. Por medio de una castidad perfecta observó el voto de virginidad que había jurado guardar desde su infancia.
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(1) Este documento que el autor del presente trabajo lo llama
"de irrefutable valor", "de una importancia capital", etcétera, lo publicamos
tal cual él lo ha traducido, aunque haya quienes no le den todo su valor
auténtico, pero lo cierto es que dicho documento concuerda en casi su totalidad
con la vida del Santo Patriarca e historia de la fundación de la Orden
Nota de la Redacción: (*) "Religión" por "Orden Religiosa".
De este modo prefirió el celibato a un casamiento con una de tantas jóvenes de la nobleza que le había sido propuesta. Disciplinábase con mucha frecuencia. Su ceo a favor de los cautivos era tan ardiente que muchos le oyeron expresar el deseo de venderse a sí mismo a fin de rescatarlos, y lo habría hecho si el rey no se opusiera. Un viernes santo meditando la pasión del Señor, tuvo una visión. Representábasele un gajo de olivo cubierto de frutas; muchos hombres se encargaban de recogerlos y de dar el árbol en guarda. Pedro Nolasco no comprendió el sentido de tal visión hasta el 2 de agosto de 1218. Aquel día estando decidido a retirarse a una soledad, imploraba a cerca de este punto las luces de Dios. Apareciósele entonces la bienaventurada Virgen María y ordenóle que de ningún modo se retirara a la soledad, sino que antes bien fundara una nueva religión en que podría ejercitar su caridad hacia los cautivos, procurando su rescate. Ordenóle vestirse de un hábito blanco y llamar su religión Orden de la Bienaventurada María para la Misericordia o la Merced de los Cautivos. Habiendo conferenciado con el rey Jaime y el señor Raimundo de Peñafort, le respondieron que ellos tenían la misma voluntad; de este modo el 10 de agosto del mismo año (1218); en la iglesia de Santa Eulalia, catedral de la Ciudad de Barcelona, fue fundada solemnemente la Orden de Nuestra Señora de la Merced en presencia del muy ilustre Rey, del señor Obispo Berenguer y del señor Raimundo, de otros canónigos y de todo el pueblo.
A comenzar del año 1218 hasta 1224 rescató Pedro Nolasco en Granada, Valencia y Argelia 460 cautivos entre los cuales había no pocos niños y mujeres. Cierto día dos hombres que habían decidido asesinar al venerable Pedro Nolasco, fueron a su morada, pero prevenido éste por Dios del peligro que corría, salióles al encuentro, les detuvo con benevolencia y los convirtió a una vida virtuosa.
Entonces llegó éste al mes de mayo del año 1220. En 1221 trabajó mucho para restablecer la paz entre ciertos nobles del reino entre los cuales habían nacido graves discutimientos. Igual cosa hizo cuando acompañó al rey en la ciudad de Zaragoza. Deseaba que su Orden fuera aprobada por la Santa Sede Apostólica. Para este fin visitó la Curia Romana fray Raimundo de Peñafort (1) y obtuvo la aprobación de la Orden en Perusa del año octavo del pontificado de Gregorio IX el 17 de enero. Asistía ordinariamente al coro al rezo de las horas canónicas un particular a cantar maitines a la media noche.
Cierta noche vio ángeles en el coro y en medio de ellos a la Bienaventurada María cantando todo el oficio y tuvo la gloria de tomar parte en sus cantos. Frecuentemente rehusó los honores que el rey le ofrecía, estimándolos contrarios a la sencillez de la vida religiosa, y los hombres más ilustres le veneraban más. Predijo muchas cosas. Persuadió al ilustre rey Jaime que sitiara Valencia y le prometió la victoria. Pues bien, durante el sitio de esta ciudad, prevenido por una luz celestial, halló oculta debajo de una campana la prodigiosa estatua de la bienaventurada María del Puig. Estableció la bendición nocturna del dormitorio o del nombre de los religiosos que dormían allí con él y vieron con frecuencia que la Virgen los bendecía. Todos los pobres o enfermos hallaban en él grande ánimo y alivio, y con este fin hizo edificar una casa (2). Un día que imploraba delante del altar de la Virgen su misericordia y le expresaba el deseo de visitar las tumbas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, se le apareció S. Pedro y le dijo: "Ved aquí que vengo a donde tú estás, ya que tú no puedes ir a donde yo estoy".
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(1) Entonces era dominicano.
(2) Un hospital.
Leyendo la vida de los santos pensaba que la suya difería mucho de la de ellos, y temía no poder llegar al cielo. Fue entonces cuando el Señor le mostró la Jerusalén celestial abierta con muchas puertas y le dijo: "Hijo mío, en la casa de mi Padre hay muchas moradas". Jamás se acostaba en cama; los cilicios, las disciplinas y los ayunos lo habían debilitado de tal modo que apenas podía tenerse derecho y caminar.
A fin de procurar limosnas para los cautivos no poca veces recorrió a pie toda España, obrando de paso no pocos prodigios, por ejemplo, sanar enfermos. Para conseguir la libertad de los cautivos vendía aún lo que era necesario para mantener a los religiosos, y preguntando si esto era agradable al Señor, apareciósele Jesús y le dijo: "No temáis, pequeño rebaño, porque ha agradado a vuestro Padre daros su reino; vended lo que poseéis y haced limosna". Durante la vida de Pedro Nolasco fueron redimidos 1718 cautivos, de los cuales 890 fueron redimidos por é mismo en sus redenciones. Otros religiosos libertaron más cautivos. Fueron enviados a la redención doce veces los religiosos, fuera de tres en que fueron despojados de lo que llevaban y fueron muertos. Una vez que Pedro Nolasco se encontraba en África, no habiendo ya recursos, resolvió regresar a España a fin de recoger nuevas limosnas, hízosele subir entonces en una embarcación sin velas ni remos, y de esta suerte abordó en Valencia donde fue azotado después y donde debió dejar como prenda a su compañero el venerable Pedro de Amer (en espera del envío de un rescate). Cuando llegaba a saber que en una región había cautivos que no podía rescatar, se presentaba entre ellos en espíritu (1) los consolaba y los afianzaba en la fe, lo que es atestiguado por un grande número de ellos. Cuando el emperador Federico oprimió a Italia, excitó a la penitencia pública y a la oración a toda la ciudad de Barcelona. El Rey Luis de Francia (2) lo visitó y le rogó que librara de los turcos a la ciudad de Jerusalén. Como el venerable Pedro Nolasco no podía más a causa de la propia vejez y de la debilidad de su cuerpo aniquilado por los trabajos, pasaba la noche en el coro empleado en el canto de los maitines, donde le llevaban los ángeles. Jamás quiso usar por humildad el título de Maestro General que le fue dado por la Santa Sede; sino que se llamaba el servidor y esclavo hospitalario de los cautivos. Considerando demasiada carga para sus hombros la carga de la administración con frecuencia hizo la prueba de renunciarla. E impidiéndoselo los religiosos llegó el año 1248, en que agobiado por la edad y por sus achaques, recién pudo sustraerse de su cargo y entregarse a Dios durante el resto de vida que le quedaba dedicándose a la contemplación. Frecuentemente se entretenía con la bienaventurada Virgen María y su Ángel de la guarda.
Poco antes de morir visitó el cuerpo del venerable Fray Ramón (San Ramón Nonato) a quien él había recibido en la Orden, e hizo edificar en el lugar donde aquel estaba, que le fue dado por el clero de Solsona. Habiéndole anunciado el mismo Fray Ramón de un modo milagroso su próxima muerte, volvióse el venerable pedro Nolasco a Barcelona, donde cayó enfermo. Durante su enfermedad Cristo y María vinieron a confortarlo. Recibió con grande humildad los sacramentos; hizo concurrir a su dormitorio a todos sus religiosos; los exhortó a la perfección religiosa y sobre todo a la caridad para con los cautivos. En seguida rezando piadosamente el salmo Confitebor tibi, Domine, in toto corde meo, yo os confesaré, Señor, con todo mi corazón, llegó a aquellas palabras Redemptionem misit Dominus populo suo, el Señor envió la redención as u pueblo, entregó su alma a Dios, y su muerte fue ocasión de muchos hechos extraordinarios. Murió en la vigilia de Navidad del año 1256 hacia la medianoche. Dejó muchos religiosos de su Orden, y había convertido a la fe de cristo a muchos adeptos de Mahoma. Después de haber obrado muchas maravillas fue sepultado durante la noche por sus religiosos.
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(1) Probablemente este pasaje hace alusión a casos sobrenaturales de bislocación.
(2) El rey San Luis.
Estos son los documentos que yo, Pedro de Bagés, notario público, he conservado de las atestaciones y documentos precitados.
En fe y testimonio de lo cual he redactado el presente acto público, corroborado por la firma del venerable Maestro General y la de sus religiosos.
† Yo, fray Guillermo de Bas, maestro general, he firmado;
† Yo, fray Bernardo de Corbera, he puesto mi sello;
† Yo, fray Ponce de Solams, he puesto mi sello;
† Yo, fray Santiago de Apiaria, he puesto mi sello;
† Yo, fray Pedro de Amer, he firmado;
† Yo, fray Bernardo de San Román, he puesto mi sello;
† Yo, fray Juan de Laés, he puesto mi sello;
† Yo, fray Ponce de Varelli, he puesto mi sello;
† Yo, fray Juan Jonovín, he firmado;
† firma de Pedro presbítero y canónigo;
† firma de Raimundo de Fontanet, canónigo; todos testigos.
† firma de Pedro Bagés, notario público de Barcelona»
Este texto tan importante y tan claro nos excusa de evocar en detalle todo lo que ha conducido a la fundación de la Orden de la Merced.
Cuando murió, San Pedro Nolasco dejó una obra ya muy floreciente, y un cierto número de monasterios, o más propiamente de "Comanderías" (1) en España (es decir en los reinos de Castilla, y en el reino de Aragón) y en Francia.
El título de esta nueva familia religiosa —Orden militar— no quiere decir que no está compuesta sino de caballeros armados. La Oren tiene a la cabeza su gran maestro lego que dirige todas las nuevas milicias, y tiene entera jurisdicción en lo temporal; a su lado hay un gran superior, presbítero que tiene jurisdicción completa en lo espiritual y dirige los compañeros clérigos y presbíteros, capellanes de la Orden.
Tal organización es además de las tres órdenes militares que existen todavía en su forma antigua y completa.
La Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén (llamada de Malta).
La Orden de Santa María de Jerusalén (llamada Teutónica) fundadas ambas cerca de San Sulpicio; y la Orden de los Caballeros Constantinianos de San Jorge, fundada por el Comnen en Constantinopla, a imitación de las órdenes de los Latinos para la lucha contra los infieles.
La nueva milicia de la Misericordia para el rescate de los cautivos funcionó sobre este tipo hasta 1317. Fue entonces, precisamente cuando se produjo el cambio radical que debía modificar tan profundamente la fisonomía de la Orden, haciendo una Orden Mundial [sic, ¿monacal?], «y es necesario decirlo claramente, asegurar su existencia».
Al octavo Maestro General Arnaldo Rossignol sucede por primera vez un "eclesiástico", el benemérito Raimundo Albert, elegido por el capítulo. Este no hizo nada de su parte, se le aceptó sin grandes dificultades pero tuvo protesta de la parte de los caballeros legos. Mas después de haber oído las objeciones de las dos partes, el papa Juan XXII decidió que esto sería en lo sucesivo y siempre por lo mismo. La Orden se modificó sin renegar su origen militar y guarda como recuerdo el título de "Maestro" para el general, y de "Comendador" para los superiores de las misiones (2).
(Continuará)
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(1) Título de las residencias de las órdenes militares.
(2) Esto no es estrictamente exacto. Comendador son todos los superiores locales, menos los superiores de colegios que se llaman Rectores (Nota del traductor)
Los religiosos hacían los tres votos habituales de pobreza, castidad y obediencia, a los cuales alargaban un cuarto (1) según el cual un religioso de la Merced promete entregarse a sí mismo cuando falta el dinero necesario para la redención (2) de un cautivo, cuyo honor, fe o vida habría urgido de salvar. Pero, y esto es muy importante porque si "la redención" de los cautivos fue desde el principio el principal objeto de la Orden, no fue el único, "ya que debía ocupar de todas las obras relativas a la salud espiritual y material del prójimo". Al punto véselo fundar hospitales, utilizar a los religiosos en el ministerio de la predicación y de la enseñanza en los grandes colegios.
El fervor de los primeros mercedarios bastó para mantener el orden y la regularidad durante los diez y siete primeros años que vivieron antes de adoptar la regla de San Agustín impuesta por el Papa Gregorio IX (17 de enero de 1235). Un simple y breve reglamento de vida ascética y claustral, compuesto por San Pedro Nolasco, fue el único cuerpo de leyes al cual ellos se sujetaron, reglamento que el santo fundador promulgó e hizo aceptar como constituciones de su Instituto desde una reunión general de todos los religiosos. Fue aumentando ese reglamento y mejorando por sus sucesos y por los capítulos generales que se celebraban cada año, hasta que en 1272 el cuarto sucesor del fundador y el compañero de un gran número de sus viajes, el venerable fray Pedro de Amer lo revisó definitivamente y lo publicó, según las antiguas crónicas, en lengua lemosina.
Las bases fundamentales de estas primitivas constituciones que no han sido modificadas por ninguna de las que han sido resumidas después, son las siguientes:
1º. La Orden de la Merced se ocupa del rescate de los cautivos, y los religiosos se obligan a entregarse ellos mismos para "la redención" de los prisioneros que se hallan en peligro de apostatar la fe cristiana; quedarán como rehenes cuando les falte el dinero necesario, hasta que lo hayan podido aportar.
2º. Los religiosos deben ir a la redención de dos en dos, un caballero y un sacerdote; el sacerdote deberá estar muy bien instruido en la religión católica a fin de poder discutir, si es necesario con los infieles y es por esto que los estudiantes deben prepararse muy bien en los estudios.
3º. Los religiosos deben dedicarse al culto divino y al sagrado ministerio y los caballeros deben asistir al oficio del coro del mismo modo que los eclesiásticos, aquellos religiosos o son sacerdotes comulgarán dos veces por semana; y todos los sábados por la tarde se cantará "Salve Regina" en honor de la muy amada Fundadora de la Orden.
4º. No se dará penitencias corporales sin la orden formal del superior.
5º. El gobierno y l administración de la orden han de estar en manos del caballero militar que lleva el título de Maestro General, el cual ha de estar asistido por un caballero presbítero que lleva el nombre de Prior general.
6º. Los superiores locales que también son caballeros militares, se apellidan comendadores, y todos los oficios y cargos de la Orden son vitalicios.
7º. Los caballeros militares cuando van a la guerra llevan una túnica corta abierta por delante, un escapulario corto, después en alto el escudo de la Orden, llevándolo como cabeza, y sobre el campo de gules la cruz de plata del capítulo de Barcelona, después en punta y sobre campo de oro cuatro barras de gules, "las cuatro barras ensangrentadas" de Aragón. (3)
(continuará)
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(1) Una bula de Martín V (1419) confirmada por otra bula de Calixto III (1557) prohíbe a los religiosos mercedarios pasar a otra orden, asimismo a cualquiera de las órdenes mendicantes (hecha excepción de los cartujos) "porque el 4º voto de la Merced", el voto de redención es el más duro y el más estricto de todos los votos de una religión.
(2) Es así como se llamaron desde el principio los rescates de los cautivos.
(3) Ved aquí cuales son los orígenes de las armas de Aragón. El conde Geoffroy de Barcelona, por sobrenombre "el Velloso", había venido de Francia por ciertos asuntos, y acompañó a Luis de Beque en una guerra contra los Normandos. Vuelto de un combate todo cubierto de sangre, el rey mojó los cuatro dedos en su sangre, e hizo cuatro fajas o barras sobre el escudo cuyo cuerpo era de oro. La cruz de plata "grabada" es la del Capítulo de Barcelona.
Naturalmente la Orden se extendió muy rápidamente entre las naciones ribereñas del Mediterráneo, en España, en Francia y en Italia, en donde el contacto inmediato con los mahometanos daba un pretexto fácil a sus invasiones, a sus incursiones y pillajes repetidos que alimentaban la esclavitud cristiana en Berbería.
Cuando al fin del siglo XV fue descubierto el Nuevo Mundo, los frailes de la Merced se establecieron en todas las regiones colonizadas por los españoles, entregándose a la predicación del Evangelio con la misma abnegación y con el mismo celo con los cuales habían ejercitado el ministerio de la redención y su apostolado en el antiguo continente.
Cuando Cristóbal Colón partió al descubrimiento de América se ve que condujo entre los capellanes de su flota con los franciscanos de la observancia algunos mercedarios, y parece bien que fue uno de entre estos el padre Juan Infante, quien celebró la primera misa en América. El padre Juan Solórzano acompañó a Colón en el segundo viaje de exploración.
Este fue quien plantó la primera cruz en la isla de Cuba y allí fue asesinado más tarde por los indígenas.
El padre Bartolomé de Olmedo fue el consejero y confesor de Hernán Cortés, cuando la conquista de Méjico, y, dice un historiador, "si el padre de Olmedo no hubiera estado allí, en muchas circunstancias Cortés habría fracasado, constreñido de su vanidad y de su propensión a la cólera".
El padre Marcos Pérez convirtió millares de infieles a la fe católica; e hicieron lo mismo el padre Juan de la Guardia en la isla de Santo Domingo; el padre Martín de la Victoria en el Ecuador; el padre de San Lázaro (1) en el Paraguay; el padre Luis de Valderrama en la Argentina y el padre Francisco Ponce entre las tribus ribereñas del río Amazonas.
El padre Antonio Bravo celebró en Lima la primera misa que se dijo en el Perú, donde fueron con él los primeros apóstoles, los padres Sebastián de Trujillo (confesor del "conquistador" Francisco Pizarro), Miguel Arenco, Juan Vargas y Juan Caballero.
Por fin la semilla de la civilización y de la fe fueron arrojadas en Chile por los padres Antonio Rondón y Francisco Ruiz que vinieron al país en 1535 con la expedición de Almagro.
Se ve por esta sencilla enumeración el rol importante que han desempeñado los religiosos de la Merced en la obra de la evangelización del Continente Americano.
Nada es más propio para hacer comprender la elevada idea que siempre tuvieron los Mercedarios de su apostolado, y esta es la mejor prueba de que ellos no tendrían jamás la intención de limitarse exclusivamente a la obra del rescate de los cautivos cristianos sobre las costas de África del Norte.
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(1) "Juan de Salazar" debe ser, no "San Lázaro" (Nota del traductor).
La Merced llegó a su mayor desarrollo al fin del siglo XVII, teniendo en esta época diez y siete provincias, doscientos cincuenta y dos conventos y ocho mil religiosos, y seis conventos de religiosas, y más de mil monjas. En Europa llegó a tener nueve provincias y dos vice provincias: seis provincias con las dos vice provincias eran de religiosos "calzados" de la antigua observancia, con ciento doce conventos y tres mil religiosos. Las otras tres provincias eran de religiosos "descalzos" (1) que fueron fundados en el siglo XVII por el venerable padre Juan Bautista del Santísimo Sacramento (1553-1616) (2) con diez conventos y alrededor de mil religiosos. En América había ocho provincias y una vice provincia con ciento cuarenta conventos y más de cuatro mil religiosos.
Todos los monasterios de religiosas estaban en España menos el de Salerno en Italia y el de Lima en el Perú, y eran por mitad religiosas calzadas y religiosas descalzadas.
La revolución francesa y sus consecuencias fueron ocasión de un verdadero desastre para la Orden. Como lo veremos más adelante, todos los conventos fueron destruidos en 1790 en Francia; en Italia y en España lo fueron durante las guerras del imperio; y los mercedarios perdieron todos los conventos que habían podido reconstruirse en España y en sus colonias, en tiempo de la terrible revolución que explotó contra los religiosos en 1834 y 1835.
A pesar de toda la abnegación de la cual habían dado prueba los religiosos españoles, durante la epidemia del cólera que se encrueleció en la península ibérica en el curso de aquellos años, las sociedades secretas sublevaron al pueblo a partir del 17 de julio de 1834 contra todos los religiosos que fueron acusados, entre otras cosas, de haber envenenado los pozos de agua. La Orden pagó largamente su parte de tributo de sangre, en Madrid el 15 de julio de 1834. El motín estalló, repentinamente en apariencia, pero en realidad había sido preparado de mucho tiempo atrás por los comités revolucionarios y las logias masónicas.
Una bandada de asesinos se arrojó brutalmente al asalto del convento de los jesuitas, donde fueron asesinados quince religiosos; enseguida en el convento de dominicos y en el de franciscanos fueron masacrados cuarenta y seis religiosos.
Los mercedarios habían sido prevenidos por una bienhechora de la casa, de todo lo que sucedería y se habían atrincherado. No obstante a las 9 de la noche fue asaltado el convento, las puertas forzadas, y los asesinos hallaron al pie del altar al padre Esparza, provincial, que arrodillado esperaba el martirio. Al punto fue muerto a puñaladas, lo mismo que ocho religiosos más, entre los cuales un pobre religioso lego franciscano que se había refugiado allí. El resto de la comunidad pudo escaparse. Iguales desórdenes ensangrentaron otras ciudades, por ejemplo Zaragoza, donde el asesinato fue espantoso. En fin el 29 de julio de 1935 todas las órdenes religiosas fueron suprimidas en España por simple decreto real.
Igual cosa sucedió en todos los conventos mercedaros de Méjico y de América Central entre 1850 y 1870. Por último, el gobierno italiano ordenó las posteriores ejecuciones en la misma época y en su misma nación.
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(1) Los religiosos descalzos obtuvieron en 1621 vivir regidos por constituciones particulares bajo la dirección de un vicario general que debía ser confirmado por el maestro general de la Orden. Por lo demás dependía del general en todo lo que se relacionaba con la redención de los cautivos. Como se dirá en el curso de este estudio, sus provincias fueron suprimidas en 1835 en España, y en Sicilia en 1860. Jamás fueron reconstituidas.
(2) Cuyo cuerpo venerado y conservado incorrupto en la Iglesia de los Descalzos de Madrid, desapareció y fue destruido probablemente durante os sucesos sangrientos de 1835.
El resultado fue por lo tanto que hacia 1880 la Orden de la merced (1) no estaba representada en Europa más que por ocho religiosos en el convento de San Adrián de Roma; por cinco que estaban justamente autorizados como guardianes del santuario de Nuestra Señora de Bonaria en Cerdeña; por tres religiosos muy ancianos que habían pertenecido a los conventos suprimidos de Nápoles; por dos que habían pertenecido al convento legalmente suprimido de Palermo; por una veintena todos dispersos, últimos restos de la antigua provincia de descalzos de Sicilia; en fin, quedaban en España alrededor de quince o diez y seis venerables viejos igualmente dispersos; ¡y era esto todo lo que subsistía de tres mil y más religiosos que tenía la Orden antes de la supresión de 1835!
Quedaban en América, las provincias del Ecuador, de Chile, del Perú, de la Argentina, con ello, es verdad, veinticinco conventos.
¡Pero de la Orden de la Merced, en otro tiempo tan floreciente no quedaban más que trescientos religiosos "en todo"!
Se podía por lo tanto pensar que había sonado la ora de su muerte. El último general que era Juan Bautista Granell, había fallecido en Madrid el 24 de abril de 1834 y después había sido imposible proveer de un modo regular la sucesión.
La Orden estaba gobernada por vicarios generales, nombrados por la Santa Sede, mientras que a petición de los provinciales en 1879 el cardenal Howard, protector de la Orden, hízose dirigir los votos de los representantes bajo sobres cerrados y sellados. Por la primera vez después de largos años fue elegido en Roma un General que todo corazón mercedario debió de agradecer y bendecir, éste fue fray Pedro Armengol Valenzuela comendador del convento de Valparaíso, en Chile. Este respetable religioso, hoy día arzobispo titular de Gangra, nació en aquella república sudamericana, el 5 de junio de 1843.
Excesivamente instruido habla con igual facilidad el latín, el griego, el hebreo, el francés, el alemán, el italiano, el portugués y el español; apasionado del honor de su Orden, arribó a Italia y tomó posesión de su cargo el 31 de julio de 1880.
El nuevo general oró, y puso manos a la obra enseguida, según el consejo de un cierto número de religiosos, persuadido de que convenía a nuevos males nuevos remedios, dio un gran golpe de vara y una orientación toda nueva.
Entonces en la revisión de las constituciones que fue hecha en 1895, "la Orden de la Merced, manifestó que observando totalmente su fin primitivo de rescatar los cautivos si se presentaba la ocasión, dedicábase en adelante expresamente a las misiones entre infieles y entre los cristianos y a la enseñanza pública en todas sus formas, no menos que a las obras de caridad las más adecuadas para promover el bien espiritual del prójimo".
Fue esto infundir una nueva vida a un cuerpo debilitado enteramente. Enseguida los resultados manifestaron la oportunidad de esta inteligente actitud que León XIII había fomentado, apoyado y confirmado a pesar de algunas serias oposiciones; y la Orden de la Merced manifestó al punto una actividad de la cual siempre se le había creído incapaz.
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(1) Los religiosos de la Merced poseían de largo tiempo atrás una miserable residencia en Santa Rufina del otro lado del Tíber; fue entonces cuando el papa Sixto V, en 1589, les confió la diaconía de San Adrián en el foro con la casa adyacente, que fue después de este tiempo, y lo es todavía residencia de la curia generalicia de Roma. Las excavaciones que se prosiguen actualmente en el Foro amenazan para breve tiempo la desaparición de este edificio y de la venerable Iglesia que está situada en el emplazamiento de la "Curia Sanatoria", o como piensan algunos, del "Ærarium Romanum".
Para la data 15 de junio de 1918 fueron restablecidas dos de las antiguas provincias de España con trece conventos; la provincia de Italia cuenta seis conventos; la provincia de Sicilia dos y la vice provincia de Cerdeña uno; existe además la Casa Generalicia de San Adrián en Roma. Estas son por lo tanto cuatro provincias que han sido restablecidas en Europa. Hay además cuatro provincias en América. Una en Chile, con trece conventos; otra en la Argentina con siete conventos; una el Perú con cinco conventos y otra en el Ecuador con seis conventos; finalmente hay dos provincias, la de Bolivia y la de Méjico que tienen a su vez dos y seis conventos, las que han sido destruidas por las últimas revoluciones aunque con esperanza de restablecimiento. La Orden de la Merced cuenta por lo tanto actualmente cincuenta y ocho conventos, que abrigan más de setecientos cincuenta religiosos.
Los conventos de monjas, los primeros de los cuales fueron fundados por Santa María del Cervellón y el venerable Bernardo de Corbera, fueron reconstruidos en el siglo XVII en Sevilla por el padre de Velazco y en Madrid por la bienaventurada María Ana de Jesús. En el tiempo actual cuenta en España con trece conventos de religiosas claustradas y uno en América, en Lima. En cuanto a la tercera Orden de seglares no tiene origen diferente del de todas las organizaciones de este género, las cuales fueron creadas en el siglo XIII por las órdenes mendicantes.
No tardaron en agruparse en torno de las grandes familias religiosas fieles piadosos que deseaban participar de los beneficios de la vida monástica y de sus privilegios. Los diferentes fundadores que creyeron conveniente acceder a tales deseos imaginaron una suerte de transacción entre la vida del mundo y la vida del claustro; estos fieles continuando a vivir en el siglo, por emplear una expresión propia, han tomado observancias religiosas que pueden conciliarse con las exigencias de sus obligaciones seculares.
En los primeros tiempos estas instituciones fueron de modos muy suaves; se recibía el hábito religioso y por lo general se hacía voto de castidad temporal o perpetuo (si uno era casado la castidad conyugal era suficiente). Después se podía indistintamente habitar en el monasterio, o cuando se trataba de mujeres, formar comunidad en la vecindad bajo la dirección de los religiosos, o bien llevar una vida independiente, pero siempre muy retirada en su propia casa.
Pero no se ha de pensar que las distinciones de Tercera y Segunda Orden existían entones de una manera tan exacta como hoy día. Por lo demás, como en todas las instituciones, háse procedido a tientas, y las cosas no han sido designadas ni impuestas sino progresivamente.
Distinguíase vagamente dos grados, uno que no excluía el trato con el mundo, sea en comunidad, sea en el seno de la familia, y oro que importaba una reclusión perpetua. En seguida se tomó el hábito de llamar al primero "Tercera Orden" y al otro "Segunda Orden" u "Orden de Religiosas".
Estas líneas son tomadas, más o menos textualmente, de una obra muy notable del A. . Lepicier, de los Servitas de María acerca de Santa Juliana Falconieri, fundadora de Terciarias y de religiosas de su Orden.
Nos parece que él ha dominado muy justamente en esta delicada cuestión, el Origen de las Terceras Ordenes y que no hay otra mejor definición que darles, que la suya. Lo que él dice es verdad con relación a Santa Juliana, es verdad con relación a la gran terciaria dominicana Santa Catalina de Siena, y nos parece ser también expresión de la verdad con relación a las grandes santas mercedarias María de Cervellón, que puede por lo tanto ser considerada como la patrona de los terceros seculares de la Orden, y Santa Natalia de Tolosa, de la cual trataremos más adelante y cuya vida es muy parecida a la de su hermana Catalina.
Los principios de la familia religiosa que nos ocupa tuvo por lo tanto un gran número de fieles, hombres y mujeres de toda edad y condiciones, que quisieron participar de los méritos como de las obras de los mercedarios, y que se esforzaron por tener no solo la dirección de sus sacerdotes y sus consejos, sino alguna cosa de sus reglas. De este modo es que vemos a Santa María de Cervellón siendo aún doncella joven dirigirse al venerable fray Bernardo de Corbera, prior del convento de Barcelona, que le da enseguida según la instrucción favorable de San Pedro Nolasco, el hábito religioso y una cierta regla de vida. A ella reúnense más tarde algunas compañeras, entre las cuales ha figurado con gran veneración de santidad la venerable Isabel Berti.
Todavía más, en Barcelona un noble y piadoso caballero llamado Ramón de Plegamans obsequió al fundador de la Merced el 10 de agosto de 1232 una casa para que fuera establecido allí un hospital, y es justamente allí a donde Santa María de Cervellón y sus hijas iban a visitar y cuidar a los enfermos, en particular a los cautivos rescatados faltos de salud. En cambio el Santo le acordó una "carta de hermandad" o filiación espiritual.
Otro donante llamado Domingo Dolit, en la ciudad de Palma de las Islas Baleares, recibió de fray Juan de Laes, lugarteniente en la Isla de Mallorca de San Pedro Nolasco, en cambio de sus bienes otra "carta de hermandad": «En esta prométesele que tendrá durante toda su vida no sólo la afiliación espiritual, sino la participación de los méritos de la Orden y además en el hospital que ha edificado Ramón de Plegamans tendrá el asilo, la nutrición y el vestido».
Parece, aún, que mas tarde fray Guillermo de Bas, hubiera concedido a un llamado Andrés de Pla y a Juana su mujer, a nombre del fundador, una participación general y rigurosa de todos los sacrificios, penitencias, ayunos, redenciones y otros bienes espirituales de la Orden.
Los bienhechores hacían al parecer donación de la totalidad o de una parte de sus bienes; en cambio admitíaseles a los más grandes favores espirituales y a los trabajos mismos de la Orden. Los varones asistían a los religiosos en todo sentido; las mujeres se acomodaban a las obras de misericordia en el Hospital de Santa Eulalia, cerca del palacio del rey, que era en Barcelona la residencia del Maestro General y por consiguiente el centro de todo el apostolado de los mercedarios.
Lo que es verdad para España, lo es también para otras naciones. Santa Natalia vivió también como religiosa en su casa, ayudando a los religiosos de Tolosa en sus necesidades materiales y espirituales, ocupándose del mismo modo y a medida que lo podía de los cautivos por sus ruegos y por su capacidad.
Ello fue de tal modo así, que hasta nuestros días un gran número de fieles se santificaron bajo la regla de la Tercera Orden de la Merced. Tercera Orden, alta y frecuentemente aprobada por la Santa Sede Apostólica en particular por una bula del papa Inocencio XI de 22 de agosto de 1681 y otra de Benedicto XIII de 26 de febrero de 1728. Sería demasiado prolijo recordar a los terceros de la Merced todas sus glorias. Permítasenos al menos citar una ilustre mujer que se llamó en el mundo doña María Ladrón de Guevara que recibió en Madrid el jueves santo, 4 de abril de 1613, de manos del General de la Orden el hábito de tercera y que fundó enseguida un monasterio de religiosas descalzas, del cual fue ella la más bella ilustración. La Iglesia le colocó sobre sus altares para ser el modelo de penitencia y de oración bajo el nombre de Bienaventurada María Ana de Jesús.
Por otra parte el venerable Lorenzo Compagny había fundado en la villa del Puig donde él murió en 1479 lo que en España se llama un "beaterío", esto es una clase de "beguinage", una casa donde se reúnen a vivir en común mujeres piadosas sin hacer votos o a lo menos sin otros votos que los privados.
Este nos parece con razón haber sido el caso de todas las primeras agrupaciones de terceras que dieron nacimiento ya a los conventos de monjas claustradas, ya a las casas de religiosas terceras regulares. Hay actualmente más de 1500 religiosas terceras regulares de la Orden y pertenecientes a muchas congregaciones, en Francia, España, Inglaterra, Italia, América y Australia.
Fue allí en esa piadosa mansión donde hubo hacia el año 1576 un cierto número de hermanas de Tercera Orden que dejaron la más alta reputación de santidad.
De esta clase es la venerable hermana Inés de Carmona nacida en Fuentes de Andalucía hacia el año 1575, hija espiritual del venerable Miguel de Plaies, segundo fundador, después del padre Juan Bautista del Santísimo Sacramento, de religiosas descalzas, quien repetía en medio de sus padecimientos, "no toca a nosotros pedir el fin de nuestros dolores, sino la gracia de soportarlos con piedad". Murió el 7 de noviembre de 1615.
Sor Juana de Cristo, nacida en Marchena en Andalucía el 21 de junio de 1587 y fallecida en 1616 en tan grande reputación de santidad que se la sepultó en el convento de la Merced "con toda aquella pompa de los siervos de Dios".
Por fin yo recojo un último lis en el jardín de la Merced. El padre Pedro de San Cecilio habla en los "Anales de los Mercedarios Descalzos" de una deliciosa y pequeña flor de santidad, la venerable Teresita de Jesús cuyo recuerdo ha quedado en la Orden muy profundo y lleno de encantos. Esta niña nació en San Lúcar de Barrameda en Andalucía el 6 de octubre de 1622 ó 1624. Cuando no tenía más que dos años y dos meses se le impuso el hábito de la Tercera Orden de la Merced, ofreciéndola a la Virgen Santísima.
Llevó este vestido inmaculado como su inocentísima alma hasta el 23 de noviembre de 1627, ya que entonces murió a la edad de cinco años, después de haber llenado de admiración a todos los que la trataron por la precocidad de su inteligencia y la distinguida elevación de su angélica piedad, yéndose hacia la Virgen lejos de esta tierra que no fue digna de poseerla (1).
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(1) Los aumentos que desde 1918 y aún antes de esta fecha gloriosa ha obtenido nuestra Orden en el ramo de casas religiosas se puede compendiar del modo siguiente:
La revolución de 1793 que destruyó tantas cosas parece haberse encarnizado de una manera especial para arrojar al olvido aún los recuerdos más insignificantes de la Orden Mercedaria en Francia.
Se tendrá, quizá, el valor de decir que la Orden de la Merced no haya arraigado tan profundamente en nuestro suelo nacional como las grandes órdenes de Santo Domingo y de San Francisco, como la familia Benedictina. Con todo, ella ha cumplido su obra con tanto más mérito cuanto fue particularmente pobre, en Francia, de suerte que faltóle conque defenderse contra los ataques activos, con frecuencia muy injustos de la orden rival, mucho más pudiente, la de los Trinitarios, que reunía el favor de la familia real a la cual pretendía haber pertenecido uno de sus fundadores, S. Félix de Valois.
Nosotros vemos, no obstante, que casi todas las casas de la Merced fueron fundadas en el mediodía de Francia, por ejemplo en Perpiñán, donde los religiosos se establecieron en el mes de enero de 1226, a petición del conde Pedro de Salsis; en seguida en Narbona, cuya fundación conocemos por el texto de una bula de 1245. Además encontramos en el documento de "los sellos" algunas noticias.
Se nos habla, en efecto, de acuerdos seguidos entre el fundador y el rey San Luis de Francia. Es evidente que en esta ocasión es cuando fueron fundados los primeros conventos de Francia propiamente dicha, ya que Montpeller y Perpiñan dependían entonces del rey de Aragón, conde de Cataluña. Éste hizo establecer monasterios primero en Tolosa, después en Carcasona, en Comminges, en Auch y en Cahors en 1429, en Burdeos en 1320, en Marsella en 1518, en Tulón y en Aix en 1638, en Castellán en 1662, en Mas de las Santas Puelas (1) lugar del nacimiento de Pedro Nolasco en 1674, y finalmente en Ródez. Más tarde fueron fundados los conventos de París y de Chenois, en diócesis de Sens (2).
En cuanto a Montpellier, se puede creer que los religiosos arribaron allí entre 1218 y 1230 porque además de otra bula de Gregorio IX de la cual hemos hablado antes, tenemos un acta de donación de Fray Guillermo de Bas general de la Orden que trata de la conclusión de los trabajos de edificación.
En fin, en el siglo XVII los religiosos de la Merced extremadamente amados de Bretaña, donde se les ve sostenidos pecuniariamente con repetidos esfuerzos de la asamblea de los estados, fueron llamados a Nantes en 1683 por Ms. de la Baune-Le Blanc para fundar allí un convento en el paraje "la Ermita de San Similién" sobre los Altos Paves a consecuencia de un voto formulado por los Estados entonces de la asamblea de 1663.
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(1) Como la pobreza de los religiosos "no corresponde absolutamente a su devoción", el R. P. General Francisco de Isassi envió limosnas considerables a Languedoc para la construcción y decoración de esta iglesia.
(2) Los padres habían obtenido del rey Francisco I una carta
extremosamente benévola que dábales "facultades de hacer y mandar hacer cuestas
y búsquedas por todos lugares de nuestro reino donde bien les pareciera, para el
efecto de la consabida redención de los cautivos detenidos entre los infieles,
lo mismo que si hiciérase para los mencionados religiosos. París 8 de enero de
1552."
Hay además otras cartas de Enrique II de 21 de enero de 1552, de Francisco II de
¿18? de julio de 1560, de Carlos IX de 20 de febrero de 1505 y de Enrique IV de
1602. Otras cartas patentes fueron concedidas por los reyes Luis XIII en 1639 y
1638, y Luis XIV en 1645-1650.
Por resolución del consejo real del 15 de octubre de 1644, sólo los mercedarios fueron autorizados para hacer cuesta en todo el territorio de la provincia de Bretaña. Mas se sabe bien que a resultado de algunas intrigas, el rey desechó las letras patentes; algunos años después de su fundación, debióse cerrar el monasterio.
Los conventos de Parías eran dos. El más antiguo era un colegio situado en la Montaña de Santa Genoveva, calle de los Siete Caminos. Habrá sido fundado precisamente en mayo de 1515 por Alain d'Albred, Conde de Evreaux y en una dependencia de su palacio. La otra casa fundada en el palacio de Blacque calle de Chaume fue donada a los mercedarios el 1º de setiembre de 1613. El convento existe todavía señalado por una placa conmemorativa con el número 45 de la calle de los archivos.
No parece que los donatarios hubieran echo a los pobres monjes muy ricos obsequios ya que hemos podido constatar que en menos de cincuenta años el colegio de la calle de los Siete Caminos se encontraba en un estado indescriptible de deterioro, de modo que el obispo de París se vio obligado a dar a los religiosos de la Merced el 10 de marzo de 1606, el permiso para pedir limosna en las parroquias y otras capillas de la capital a fin de que pudieran reparar la iglesia y los otros edificios.
El convento de la calle de Chaume fue en verdad muy pobre; hemos visto que los mercedarios habían tomado posesión de él en Setiembre de 1613, y el año siguiente ya fue necesario reconstruir todo, esto es, iglesia y convento. Parece claro que las cosas no marchaban demasiado mal, ya que el altar mayor construido y adornado según el gusto del día, estaba dotado de las estatuas de San Pedro Nolasco y de San Ramón Nonato, obras del gran escultor Francisco Anguier. Empero no se sabe dónde han ido a parar.
Más tarde y en aquel momento pareció sonreír la fortuna a nuestros religiosos: la reina María de Médicis fue su grande protectora hasta la muerte; fue ella al parecer quien había preparado y facilitado el establecimiento de la calle de Chaume; pues vino ella a asistir solemnemente el 2 de febrero de 1614 a la misa y a los oficios celebrados con motivo de los trabajos terminados.
Después de haber hablado a la reina los príncipes de la casa de Guise (interesados en la fundación) hablaron también a Madama Isabel de Francia su hija primogénita, la cual a solicitud de Madama la condesa de Noix su gobernadora que había sido muy aficionada a los religiosos de la Merced, pidió este establecimiento al rey su hermano "para estos estrenos" el primer día del año 1613. Encontrándose las cosas en este estado, la Reina regente hizo llamar al P. Crozat (comendador del colegio de París) a Louvre, para decirle que pidiese a sus superiores una contratación en forma de poder contratar" (Cf. Historia de la Orden de la Merced, escrita por los RR PP de la Congregación de París, 1686).
Su hija Madama, hermana del Rey, la princesa Isabel, que debía ser algunos años más tarde reina de España, amaba también mucho a nuestros religiosos. Quiso en particular hacer su primera comunión en su iglesia; esta ceremonia tuvo lugar el 18 de mayo de 1614, día de Pentecostés. El oficiante fue el primer limosnero de la princesa, un mercedario, el P. Delapaux. De paso para Burdeos, donde debía desposarse con Felipe IV, tomó el escapulario con el escudo de la Orden en la iglesia de la Merced.
Las reinas Ana de Austria y María Teresa también de Austria, fueron a esta iglesia para encomendarse a Dios en su estado de cinta bajo la protección de San Ramón Nonato, y fue allí precisamente cuando a donde Bossuet pronunció su famoso "Panegírico de San Pedro Nolasco".
Madama Isabel de Francia debió continuar su protección en España, a los religiosos de la Merced. En Madrid fue la grande amiga de la humilde y destacada religiosa descalza, de la cual ya hemos hablado, la Beata María Ana de Jesús. No obstante, algunos años después por motivos que no es fácil de poner en claro, se produjeron tiranteces entre los conventos del Norte y los del Sur.
Para poner fin a las dificultades continuas y penosas, obrando a nombre del Papa, el cardenal de Vendome, dividió en dos grupos los monasterios franceses.
1º. — Los dos conventos de París y el convento de Chenoise, con el nombre de Congregación de París, serán regidos por un Vicario General, dependiendo directamente del General de la Orden.
2º. — Todos los demás monasterios dependerán de un provincial que dependerá de su parte y directamente del monasterio general.
El primer comendador del convento de París fue el Venerable Padre Vidal de Buc, nacido en Comminges en 1571, muerto en París en reputación de santidad en 1618, de edad de 45 años. Dejó una obra de espíritu muy notable intitulada Los santos deberes del alma.
El historiógrafo de la Orden, Salmerón, y los capítulos generales hablan de él, como de un religioso muy sabio y santo.
He aquí la historia de los monasterios de Francia después de esta separación.
1º. — «Congregación de París». Los dos conventos de París, los de Chenoise de Kantes.
2º. — «Provincia de Francia o de Goyen». Burdeos, Cahors Risoles (Obispado de Aire), Maleville (Obispado de Rodez), Tolosa Hauterive (Obispado de Tolosa), Aurignac (Obispado de Comminges), Carcasone, Begiers, Montpellier, Perpignan, Marsella, Tolón y Castellane (Obispado de Sacus).
Para terminar este capítulo damos dos detalles últimos en la materia.
Se lee en las actas del capítulo general celebrado en Cataluña el 13 de junio de 1615 que el Padre Juan Paudele de la Provincia de Francia pide «habiendo cumplido cien años que se le dispense el oficio del coro y de sus austeridades» lo que naturalmente se le concedió. Por fin, por una curiosa nota conservada en los archivos de la curia generalicia de Roma consta que el 18 de julio de 1764, los religiosos franceses Pedro de Sarline y Andrés Niel obtuvieron «dispensa de irregularidades» — el primero había sido soldado y había muerto en duelo a uno de sus compañeros, y el otro, aunque religioso profeso había ido a la guerra.
Las cosas marchaban sin gran dificultad hasta el día en que la famosa Comisión de los Regulares, comenzó a enconarse, desde el mes de mayo de 1776 al 19 de marzo de 1780, teniendo por informante a aquel triste personaje, que fue Lomenie da Brienne, arzobispo de Tolosa. La comisión no admitió jamás entre sus miembros religioso alguno de los que ella pretendía reformar; el Papa mismo fue tenido sistemadamente [sic] de lado y muchos prelados obraron con un verdadero sentimiento de celo. En breve, la comisión no reformó nada, pero suprimió tanto y más con injusticia y capricho continuando la obra de destrucción comenzada desde entonces por el filosofismo. «Cuando estalló la revolución no tuvo más que concluir».
Pero si la Orden de la Merced se destruyó en medio de tan espantosas dificultades materiales y morales, no por eso dejó de restituir al país y a la causa católica, servicios eminentes, que sería muy injusto pasar en silencio "como se hace con frecuencia".
Si la Orden fue de tal modo pobre, justamente fue porque reservó el dinero que fue dado para su obra.
Esto es todo lo que ha hecho por honor enteramente indiscutible, pues que queda a lo menos el cómputo de tal número de monasterios y de cofradías de la Redención.
Tiene una lista bastante completa de las diversas redenciones, donde el nombre y el número de los religiosos franceses y la importancia de sus rescates son dignos de conservarse cuando se sabe que, por ejemplo, los religiosos no poseían más convento que las casuchas de las que hemos hablado ya, y no obstante hallaban el modo de enviar religiosos en ese tiempo y en épocas fijas a rescatar los cautivos de Argel o de Marruecos a precio de dificultades que no se pueden apreciar sino leyendo las relaciones que nos quedan: es imposible, pues, no ser sorprendido de una profunda admiración.
Fuera de duda en el siglo diez y siete los daños fueron infinitamente menos grandes que en las épocas más antiguas. Los musulmanes estaban habituados ala ida de los religiosos redentores, cuyo viaje era para ellos en último término un buen negocio.
Pero los pobres religiosos no podían menos de recibir toda suerte de vejaciones, de miserias y de injusticias, y el martirologio de los mercedarios de Francia, es sin ejemplo, es infinitamente glorioso.
En la edad media el gran centro de actividad de la Merced es Tolosa, Tolosa la santa.
Ella dio a la Orden entre otros al Bienaventurado Otón y al Bienaventurado Matías Marco, ambos mártires.
Después al B. Raymundo de Tolosa, confesor (1292-1335), cardenal del título de S. Esteban en Monte Celio, hijo del conde de Monfort. Dio también más tarde al B. Antonio Tremonilleres, provincial de Francia, teólogo notable que fue llamado al consejo real por Enrique III, nombrado después maestro general en un capítulo de Barcelona (1575). Pero como no se había observado en esta ocasión un cierto número de reglas prescriptas algunos años antes por el capítulo tenido en Guadalajara, Gregorio XIII rehusó aprobar el capítulo y la elección.
El venerable Padre murió en Tolosa el año siguiente 1576 con gran reputación de santidad.
Sin embargo la gloria de Tolosa y una de las más grandes de la Orden es Santa Natalia, nacida en Gaillac, diócesis de Albi; fuese después con sus padres a habitar en Tolosa, donde se puso de buena voluntad bajo la dirección de los mercedarios de esta ciudad, y obtuvo de ellos, no sin dificultad, vestir el hábito de la Tercera Orden. Fue un modelo de penitencia y de oración, y su recuerdo ha quedado unido a un sorprendente milagro, que es un caso muy curioso de bislocación.
Los religiosos tolosanos, bajo la dirección del padre Clavier, habían llevado a buen fin una laboriosa redención en Argel, de donde se apresuraron a retornar, cuando se dieron cuenta que una joven rescatada, cediendo a las solicitaciones de su antiguo amo había escapado a su vigilancia. entonces se disponen a ir hasta donde ella estaba, pero con grande sorpresa vieron ir al puerto para reunírseles a la infeliz culpable, quien les dijo que una religiosa vestida de blanco totalmente como los padres redentores se había presentado a ella en la casa de su amo y que aquella le dijo: — "Yo soy Natalia de Tolosa, religiosa de la Orden de la Merced, y he aquí que Dios me envía de más allá de los mares para arrebatarte de tu pecado". "Ella me ha conducido, añadió la cautiva, hasta el puerto, y yo voy con vosotros para restituirme a Francia a fin de hacer penitencia y para vivir sobre todo cerca de mi bienhechora". Así lo hizo y sucedió esto en 1449. Santa Natalia murió algunos años después. Se multiplican los pedidos para conseguir de la Santa Sede Apostólica el reconocimiento del culto y es de desear grandemente que resulte sin tardanza.
Otra gloria de la Orden pertenece a París. Había en la gran ciudad a fines del siglo catorce un joven estudiante francés que no le conocemos sino con el nombre de religioso, fray Justino. Muy inteligente, pero, sin suerte siguió los cursos de la facultad de derecho, dedicándose totalmente al servicio de los estudiantes ricos, lo cual estaba en uso corriente y que siempre existió en París, ya que vemos en el siglo diez y seis a muchos compañeros de San Ignacio de Loyola, ayudar de esa manera a los gastos de sus estudios.
Habiendo conseguido algunos grados y llegado a una autoridad en materia jurídica, adquirió al mismo tiempo cierto bienestar del cual hizo un lamentable uso. Comprometido en no sé qué lucha y poco edificante aventura, se vio obligado a abandonar su carrera de profesor y a huir a Italia, donde vivió largo tiempo arruinado, no habiendo encontrado, a fin de cuentas, otra ocupación que la de marinero en un navío mercante.
Estos viajes lo condujeron a España y en particular a Valencia, donde poco a poco se descubrió que este singular marinero tenía infinitamente más ciencia que la que en general tiene la gente de su estado. Algunas personas ricas y caritativas le proporcionaron el medio de vivir honestamente. En estas circunstancias entró en relaciones con los religiosos de la Merced y se decidió a abrazar la Orden en la cual fue admitido después de un bastante largo tiempo de prueba. Fue en ella un religioso modelo, un hombre de oración y de penitencia, de manera que después de poco tiempo se pensó "utilizar su inteligencia, sus conocimientos y su virtud".
En la primavera de 1337 fue enviado a hacer una redención en Granada. Una vez llegado allí se puso en condición de averiguar entre los cautivos cristianos cuáles eran los que él particularmente debía comprender.
Señalóse entonces tres mujeres y un niño, los cuatro esclavos en poder de los principales sacerdotes musulmanes de esa capital. Presentóse al moro y encontróle en tren de explicar el Corán a una multitud bastante grande.
Planteóle enseguida algunas cuestiones de controversia a las que él respondió tan bien y con tanto éxito que, furioso su interlocutor, levantándose de su cátedra, asió una piedra que se hallaba a la mano y con ella hirió con repetidos golpes los labios de este hombre que acababa de confesar la fe cristiana con tanta competencia.
El infeliz cayó al suelo bañado en su propia sangre; la multitud se precipitó sobre él y creyéndole ya muerto, le oyó murmurar varias veces el dulce y santo nombre de "Jesús". Atósele entonces una cuerda al cuello y arrastrándole de las calles de la ciudad, llegóse a colgar este cuerpo glorioso y ensangrentado en un árbol de la plaza pública. Los cristianos consiguieron algunos días después enterrar los santos despojos que Dios glorificó por medio de milagros.
Pero no es sólo este el mártir francés que se halla en el martirologio de la Merced. Los nombres de los bienaventurados Pedro Malasanch de Perpignan, Leonardo de París, Pedro de Francia, Severino de París, Teobaldo de Narbona, Eleuterio Laplace, Pedro del Camino, Luciano de Savoya, Raimundo de San Víctor y Pedro de San Dionisio, han quedado en veneración y la Orden puede solicitar para algunos de ellos el reconocimiento del culto.
Por último, los protestantes saquearon durante las guerras de religión y de una manera odiosa todos los conventos del sur de Francia, aniquilaron un poco después completamente las comunidades mercedarias, que se puede decir con cierta proporción no se levantará más.
Sin embargo dieron a la orden un manojo de rosas coloradas delante de las cuales los católicos de Francia deben inclinarse con respeto, no olvidando con cierta ingratitud que sería culpable de injuriosa "al bienaventurado Luis Puell y sus 312 compañeros martirizados por los hugonotes en odio a la Virgen, a la presencia real de Jesucristo en la hostia consagrada y a la Iglesia Romana".
Una flor de Francia que se abrió en otro suelo, ilustró a Madrid con su santidad y milagros a mitad del siglo XVII, fue la persona del venerable religioso Raimundo de Ruyperos, un simple hermano converso lo mismo que otro francés, el bienaventurado Bernardo de S. José nacido en París en 1566, el cual pasó a España y entró en el convento de los descalzos de Viso en 1580. Fue un modelo de oración y penitencia. Simple hermano lego respondía a todos, de suerte que admiraba, su celo y actividad: "Yo estoy obligado por las constituciones que mandan que los hermanos legos se ocupen y trabajen en las cosas domésticas, mientras que los sacerdotes cantan las alabanzas de Dios en la iglesia donde están en casa para las obras de caridad". Murió en grande reputación de santidad el año 1640, y Dios ha honrado su tumba con numerosos milagros.
La comisión de los regulares bajo Luis XV habrá vuelto la vida absolutamente imposible a los religiosos de la Merced como a todos los otros, y a muchos de ellos que todavía sobrevivían fueron martirizados en el curso de la gran revolución y dieron a la orden en Francia un último resplandor.
Entre los padres que fueron a morir sobre los pantanos de Caventes, o en las riberas envenenadas de la Guayane se cuentan muchos religiosos de la orden, en particular fray Pascual Portet de Tolosa que después de muchos padecimientos debió morir de miseria en Coonama (Guyane) el 6 de setiembre de 1798.
Parece que, por debilidad o por ignorancia, y siguiendo hoy el ejemplo de muchos, este desgraciado, de repente habíase hecho cismático, pero a lo menos tuvo tiempo de corregir su falta y morir de sacerdote y religioso después de una larga y dura penitencia.
Ved aquí recordados a la ligera algunas de las glorias de esta Orden, las cuales prueban que ella ocupó, a pesar del silencio de muchos historiadores, y de ciertas apariencias contrarias, un puesto muy honorable en la vida de la iglesia de Francia.
Cuando hagamos al día la historia de las redenciones hallaremos a los religiosos de Francia, en la obra común de los otros, y será finalmente para nosotros un motivo de legítimo orgullo poder constatar que la última grande redención fue llevada a cabo en 1779 en Argel y Túnez por los padres de Francia, unidos para ello a los religiosos de la Trinidad.
Uno de los primeros mártires de la Orden, el bienaventurado Guillermo de Sagiano, quemado vivo en Argel en 1272, en el generalato del venerable Bernardo de San Román, tercer general de la Orden, era italiano de nacimiento, pero fue admitido en el convento de Valencia, en España, de donde partió para os estados berberiscos. Parece que los conventos se establecieron recién muy tarde en la península (1): Se lee en la vida del bienaventurado Guillermo Novello, florentino de nacimiento, que habiendo ido a Nápoles, para hacer allí estudios, entró en relaciones con el religioso que había comenzado en esta ciudad un pequeño hospicio y gracias a él que entró en la Orden; pero tuvo que ir a Barcelona a recibir el hábito (2); con todo, la Orden Mercedaria establecióse formalmente y para siempre en Italia.
Uno de los primeros conventos es el de Cagliari en Cerdeña fundado por el venerable Carlos Catalán que pronunció al morir estas conmovedoras palabras: "Ah, Padre de misericordia, qué llegaría a ser yo en esta terrible hora de mi muerte si vos no me hubieras dado la Santísima Virgen para que fuera mi abogada y mi protectora delante de vuestro tribunal, donde vos pronunciaréis la sentencia definitiva de mi eternidad".
Casi en todos los puertos existe un convento de la Orden; alguna vez más de uno como en Nápoles donde hubo tres. Es tradicional la devoción de Nuestra Señora de la Merced en la antigua capital del reino de las Dos Sicilias, donde en la iglesia de la cofradía de los Magistrados "Santa María de los Esclavos", se venera la estatua de la "Madona de la Merced" a cuyos pies San Alfonso de Ligorio y tomó la resolución de renunciar al mundo y depuso su espada de gentil hombre.
La espada y la estatua se conservan allí hasta ahora.
El convento de Cagliari (Cerdeña) guarda el culto tradicional en la orden de su Virgen milagrosa que fue aportada allí por una tempestad en el puerto y confiada a los religiosos de la Merced.
Hemos hablado antes de los conventos en Roma; los de Sicilia fueron tres florecientes, y el venerable padre Miguel de Arribas llamado de las llagas "des plaies de Jesus", que fue uno de los primeros y de los más activos para propagar la reforma emprendida por el venerable padre Juan Bautista del Santísimo Sacramento arribó a Palermo en 1613, fundó muchos monasterios en la isla, entre los cuales el de Mesina donde él murió el 25 de octubre de 1629.
Como lo hemos dicho las revoluciones arruinaron y destruyeron todo. Hemos indicado precedentemente cual es el estado de la Orden en Italia.
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(1) La península de referencia parece ser la italiana [N. del T.]
(2) Para que la afirmación sea concluyente falta mencionar el año [N. del T.]
Llegamos por fin a la obra de redención de los religiosos de la Merced. Algo antes que la Orden fuera fundada, San Pedro Nolasco había hecho muchos viajes de redención, y muy joven aún había partido resguardado de un salvoconducto del rey de Aragón a fin de rescatar en Valencia esclavos cristianos cautivos. Condujo consigo 300. En seguida tornó muchas veces a los reinos moros de la península ibérica ya solo, ya acompañado, una vez del venerable Guillermo de Bas, caballero montpellerano del cual hemos tratado en otra parte, y una otra vez de uno de los primeros sacerdotes de la Orden, el venerable Pedro de Corbera, prior de la Orden. En 1233, el 3 de mayo, el capítulo de la Merced de Barcelona designó como redentores a los religiosos Armand de Prades y Bernard de Tona, los cuales pasando a Valencia, llegaron después de muchas dificultades a conducir 197. En 1233, el venerable fray Pedro de Amer, yendo a Granada libertó 150 cautivos; pero el viaje siguiente fue menos afortunado. En 1235 [NR: el texto dice 1255] los venerables Raymundo de Blanes y Diego de Soto habían llegado de igual modo a Granada, cuando Raymundo fue detenido por los moros a causa de haber predicado el Evangelio, fue puesto en prisión y después de muchos días de tortura le fue cortada la cabeza."Este fue el primer mártir de la Orden". En 1237 su compañero el venerable Diego de Soto tornó de Granada con 137 cautivos; un alcalde moro les cruzó el camino y los insultó tanto a ellos como a la religión. Fray Diego púsose a replicarle, entonces el moro furioso le hizo aprisionar al punto y en seguida crucificarle. En 1262 San Pedro Armengol y el venerable Bernardo de San Román condujeron consigo otra vez de Granada 202 cristianos. San Pedro Pascual, obispo de Jaén, después de haber negociado con todo éxito muchas redenciones, fue arrestado en 1297 y decapitado el 6 de diciembre de 1300. Durante cuatro años de cautividad que él sufrió, facilitó el rescate de 1493 cristinos, entre los cuales muchas mujeres, niños y jóvenes mujeres.
El martirio de San Justino de París se coloca en 1337, el cual fue apedreado en Granada como se ha visto. En 1394 el venerable Armand Arench quedando en rehenes por dos mozos y una joven, fue aprisionado de los moros los cuales viendo tardar el precio convenido le tomaron a golpes de palos.
En 1409 los cautivos libertados por el venerable Guillermo Sanz saliendo de Granada, cayeron en una emboscada de moros, los cuales asieron al religioso y después lo decapitaron. En 1429 el venerable Pedro Malasanch y Juan de Granada tomados presos a pesar de un salvoconducto, fueron atormentados; al venerable Juan le fue cortada la lengua y truncada la cabeza mientras que fray Pedro atado a un árbol, sirvió de blanco a los soldados que le asesinaron a tiro de flecha.
En 1240 los religiosos Serapio y Pedro de Castelo, enviados por San Pedro Nolasco, condujeron consigo 98 esclavos. Veinte años más tarde tuvo lugar una segunda redención; el venerable Guillermo de Bas y San Pedro Armengol libertaron entonces 213 cautivos.
En 1220 y 1225 San Pedro Nolasco pasó a Argel y envió allí a San Ramón Nonato en 1226. En 1229, San Serapio y San Ramón fueron de nuevo a Argel, después fue allí mismo San Ramón en 1236. Fue en esta ocasión que habiéndole aprisionado le fue cerrada la boca con una cadena, porque se había atrevido a predicar en la plaza pública el Evangelio y porque enseñaba también a los que lo rodeaba. En 1230 fue el turno de San Serapio, quien quedó en rehenes en Argel, fue apaleado por orden del Rey; algunos días después fue puesto en cruz y finalmente abriósele el vientre, después de haberle cortado una después de otra todas las articulaciones. De este modo murió el 14 de noviembre de 1240. En 1241 los bienaventurados Raymundo de San Víctor y Guyot de San Leonardo fueron arrojados por una tempestad sobre las costas moriscas del reino. Conducidos a Lorca, fueron atados a un poste para servir de blanco a los arqueros de la ciudad, cuyos habitantes se dividieron la plata destinada para la redención.
Más o menos en la misma época los musulmanes quemaron vivo al venerable Guillermo de Saggiano, mercedario italiano, y que lo tomaron por francés. Las flotas francesas cruzando entonces cerca de las costas berberiscas disgustaron a los moros, y sus piratas le siguieron detrás. En 1306 el venerable Guillermo Novello de Florencia fue crucificado. En 1362 tuvo la misma suerte el venerable Santiago de Valencia, y en 1418 fue empalado el venerable Severino, por haber pretendido convertir un sacerdote árabe. En Bugia San Pedro Armengol y el venerable Guillermo de Florencia se ocuparon de la redención cuando el primero fue suspendido de un árbol donde estuvo tres días vivo, sostenido por la Santísima Virgen y los ángeles. Ocurrió entonces su compañero a librarlo y el Santo murió algunos años después en Cataluña habiéndose dado a la oración y a la penitencia (1).
La primera redención conocida y hecha en Túnez tuvo lugar en 1247; 219 esclavos fueron rescatados por Bernardo de Prades y el venerable Pedro de San Dionisio que fue martirizado allí. El segundo redentor tuvo la misma suerte en 1253. Fray Francisco Thibault de Narbona fue tomado y quemado vivo en el mes de octubre de ese mismo año. En 1298 el padre Valez y el venerable Matías Marcos, franceses del convento de Tolosa, fueron apresados en el mar por corsarios y masacrados.
Con todo, fue en Marruecos donde los frailes de la Merced tuvieron más que sufrir a causa de la mala fe de los mercaderes y de la crueldad de los príncipes musulmanes. Fue así que en 1268 el bienaventurado Luis Gallo quedado en garantía, fue quemado vivo, y no obstante en treinta y seis viajes diferentes, de los cuales existen las relaciones y las actas, los religiosos libertaron más de 2000 cristianos principalmente en la ciudad de Marruecos, Fez, Salé, Mequines y Tetuán.
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(1) En 1651, los padres franceses rescataron en Argel, diez
cautivos franceses "a un precio excesivo". En 1655 el padre Serapio Guillot
rescató también en Argel diez y siete franceses. También en Argel en 1662 el
padre Miguel Auvoy, ex provincial de Francia y el P. Recaudon rescataron 96
cautivos.
El último grande rescate de cautivos tuvo lugar en 1779. Este fue practicado por
los religiosos franceses de la Merced apoyados por los Trinitarios.
La Orden de la Merced había designado como redentores: 1º al P. Domingo de la
Villa, doctor en teología y provincial de Francia; 2º al P. Claudio de
Chevillard, vicario general de la congregación de París.
Bien que se esté muy mal documentado acerca de las redenciones que se hicieron en Cirenaica y en Trípoli, sabemos que los mercedarios se dedicaron activamente de estos países, muy particularmente inhospitalarios. De este modo los padres franceses Francisco Faisán y Serapio Guillot rescataron 132 esclavos en Argel, Túnez y Trípoli (1).
Los padres Fauré y Faisán tornaron a Tolón el 22 de abril de 1644 con los 157 cautivos que ellos acababan de libertar a quienes hicieron recorrer en procesión las principales calles de la ciudad.
Fue ésta acaso la primera manifestación de este género, hecha por los padres de la Merced.
Tales ceremonias fueron más tarde muy solemnes. Los obispos, los representantes de la autoridad real y los cuerpos municipales se hicieron un deber de aumentar el esplendor con su presencia. La vista de los cautivos de mordazas, atados unos a otros con cuerdas, o con cadenas, llevando palmas en las manos y cantando el salmo In exito Israel de Egipto ... hería vivamente el espíritu de las poblaciones y excitaba su caridad patentizándoles los felices resultados de sus limosnas.
En 1629 el padre Dathia, comendador de París, llevo a efecto una redención de 50 cautivos en Salé. Su viaje duró un año entero. En 1673 los padres franceses Bernard Monel y Blas de Artigue recorrieron las prisiones de las ciudades de Salé, Fez y Tetuán, rescatando 52 cautivos de su nación.
El padre Artigue permaneció diez y ocho meses en Salé, ocupándose de visitar los enfermos, administrar los sacramentos y consolar a los infelices cautivos. En Argel y Túnez en 1666, 1667 y 1669 los religiosos franceses acompañaron a su Majestad cristiana y redimieron 700 cautivos. En 1658 los padres de Guyenne y de París rescataron en Trípoli, Túnez y Argel 24 cautivos. De 1669 a 1674 redimieron también 19 en Trípoli. En 1666 un religioso francés pasó a la isla de Chio de donde pasó a Trípoli y rescató 7 cautivos.
En 1667 Luis XIV confió el Hospital marítimo de Tolón a los religiosos de la Merced.
Está por lo tanto bastante bien documentada sobre toda la obra de la redención ya que de este modo se llamaron las expediciones emprendidas por los religiosos de la Merced y los religiosos Trinitarios de los países infieles y para el rescate de los esclavos cristianos. A partir del siglo XVI se comenzó a publicar los relatos muy completos y en general muy verídicos de tales viajes tan difíciles como abundantes en peligros de toda clase. Hemos reseñado muy poco sobre todo el período que va del siglo XIII al XVI aunque los archivos están lejos de entregar al público todos sus secretos.
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(1) Los religiosos de la merced aparecieron por primera vez en Tolón en 1644. Los padres franceses Francisco Faure y Sebastián Brugieres abordaron allí en el mes de enero de dicho año acompañados de su provincial Juan Duprat para conducirse de allí a Argel. Fletaron un navío que lo colocaron bajo la protección de la Santísima Virgen, de Santa Ana y de San José, habiendo partido el mes siguiente.
Llegados a Argel, tuvieron la suerte de rescatar 157 cautivos, por los cuales se comprometieron pagar 26.515 pesos y "como no tenían en el momento toda la suma estipulada en el acta del rescate, se dio en garantía uno de ellos, el padre Brugieres, para quedar en poder de los turcos hasta el pago entero del pacto".
El padre Brugier permaneció seis años y medio en Argel. Su cautividad fue un largo martirio. Cumplían de este modo el cuarto voto que habían pronunciado el día de su profesión, estos heroicos religiosos, el voto de permanecer en cautividad, si fuera necesario, para la libertad de los esclavos cristianos.
No hemos tenido bien entendido la intención ni la posibilidad de dar aquí una relación numérica y completa de todas las redenciones. Todo lo contrario, pero hemos creído que no es inútil citar algunas cifras a fin de mostrar con qué energía y con qué tenacidad después de la fundación hasta nuestros días, los religiosos de la Merced permanecieron verdaderamente fieles a su vocación y se esforzaron obedeciendo, sin interrupción a la orden de la Virgen por amor a Dios y del prójimo.
Todo hombre rico podía en los principados musulmanes del norte de África, armar un buque de carrera, pero se prefería en general un bajel construido para una marcha rápida que era dotado de un equipaje de marineros experimentados, mandándole él mismo o por un capitán o rais. El pirata partía al Mediterráneo surcándolo en todo sentido, atacando y tomando al abordaje todo los buques que estimaba poder dominar; y en seguida conducía sin pérdida de tiempo carga, equipaje y pasajeros a uno u otro puerto de la berbería, Túnez, Bujía, Argel, Orán, Salé o Marruecos. Estos piratas de mar eran de una audacia increíble; se arrojaban hasta las costas de Gascuña, de Venda y aún de Bretaña. No sólo hacían la guerra marítima sino que desembarcaban bruscamente sobre las costas cerca de pequeñas poblaciones o de puertos no defendidos y conducían indistintamente hombres, bestias, mercaderías, y metales preciosos, teniendo éxito sus osados golpes de mano a favor de la multitud general.
El mal era infinitamente más grande que lo que se puede imaginar de ordinario y he aquí en apoyo de esta verdad algunas cifras significativas.
"Desde el principio del siglo XVIII hasta 1635 se calculan las presas en veinte millones de libras y el número de buques capturados en seiscientos. Entonces a propósito de un viaje de un padre redentor en 1634 había en Argel 25.000 cristianos cautivos, entre los cuales 1.500 franceses. En Túnez había 7.500; y de 400 a 500 en Trípoli. Calcúlase que durante un período de treinta años hubo en el norte de África un millón de cautivos cautivados en tierra y mar".
Ahora, ¿cuál era justamente la situación de todos aquellos que acababan de ser cautivados en pleno mar sobre un buque?
A comenzar de aquel momento estos no son ya hombres sino "mercaderías". Desembarcados que eran al punto, se los conducía a un bazar llamado souk en donde son examinados por los médicos; después cada uno puede aceptar lo que le conviene, no se tiene en cuenta los vínculos de familia, de amistad ni nación; este tal vez será en adelante un ganado, una vil herramienta que se le empleará en lo mejor. Las mujeres, los niños, algunas jóvenes así mismo van a los harems y allí padecerán los caprichos más odiosos de sus amos; otros jóvenes irán a remar en las galeras del Dey; los viejos serán ocupados en diversos trabajos de la ciudad o entre los particulares.
Los esclavos moraban, ya en las casas de sus amos, ya en los locales pertenecientes al gobierno que se llamaban presidios, vastos cuarteles que contenían un cierto número de cuartos pequeños y de bóvedas. Moraban allí bajo la vigilancia de centinelas después de seis horas de tarde hasta la mañana, en una suciedad repugnante y peligrosa.
Alguna vez, aunque rara, los amos son buenos, ya que siempre consideran sus esclavos como cosas de las cuales se puede usar, lo mismo abusar a voluntad, y ellos aprovechan.
La situación material de los esclavos en Berbería es por lo tanto terrible. La situación moral, de los esclavos cristianos se comprende sin que sea necesario recabarlo, sin ejemplo; estos infelices habiendo perdido toda esperanza, se lanzan con facilidad al centro de las poblaciones donde la depravación es indescriptible para toda corrupción. Por último, algunos reniegan de sus creencias religiosas pasando a las sectas musulmanas para mitigar su desgraciada suerte. No obstante, de tiempo en tiempo hay una luz en sus tinieblas, ¡los religiosos redentores son anunciados! Llegan al puerto; los enviados del Dey salen a recibirlos y levantan el timón del navío para que no se escape haciendo jaque a su vigilancia. Desembarcan los padres y comienzan no sé cuanto de bachies o propinas, tanto al Dey, tanto al piloto, tanto para el puerto, tanto para la conservación de las mezquitas, etcétera; aquello no acaba jamás; después con el apoyo del cónsul de Francia comienzan las diligencias ante el Dey, a quien será necesario hacer presentes de plata o especies.
Todo este trato para con los esclavos es una nueva maniobra diplomática. Bien entendido, hácese esfuerzos para obligar a tomar, y al más alto precio, aquellos cautivos de los que nada se puede hacer. Además si se sospecha que éste o aquel ha de ser rescatado con preferencia, ya porque la propia familia ha suministrado la plata necesaria, ya porque es de "distinción" o que el rey de Francia, por ejemplo, se interesa en el rescate, las exigencias pecuniarias resultan imposibles de satisfacer. Por fin entre toda esta multitud de desgraciados que todos quieren ser redimidos, o que pretenden a lo menos obtener de los padres un poco de dinero para mitigar su desgracia, es necesario hacer un escogimiento, y los religiosos están expuestos al engaño, al rencor, a las violencias mismas de estos miserables agriados por el desarreglo más crapuloso. ¡Qué de negocios, alarmas, miserias, inquietudes, sufrimientos físicos y morales, sin llegar hasta el martirio siempre posible, porque una monada basta para poner fuego a los polvos y hacer rugir al motín contra estos "perros de sacerdotes cristianos".
Finalmente supongamos que todo ha pasado por completo, después de algunas semanas, de años, los redentoristas con el reducido número de los que han podido rescatar, entran de nuevo en su país de origen, después de un nuevo y siempre peligroso viaje, como quiera que ellos han llevado su expedición a Argel, nada impide que en el camino encuentren una galera marroquí, una falúa de Trípoli, y ésto será para todos, salvadores y salvados, una nueva esclavitud, fracaso completo de todos sus largos esfuerzos.
Véase, pues, cual fue la obra de los hijos de la Virgen para remediar una apremiante miseria de las almas y de los cuerpos. Nuestra madre envió a San Pedro Nolasco con una misión de heroica misericordia. No se sabe admirar bien con qué caritativa obstinación los hijos han sido fieles a la voluntad de su madre, habiendo tenido que luchar como lo hemos visto no sólo contra las dificultades que resultan de sus largos y peligrosos viajes, sin contra las zozobras de inquietante y perpetua pobreza. Conviene citar aquí las líneas de un escritor protestante, poco sospechoso por lo tanto de simpatías excesivas hacia los católicos: "No se puede dejar en silencio la historia de estos bravos y modestos religiosos que con peligro de la propia libertad y con más frecuencia de su vida han aportado durante varios siglos a los desgraciados no sólo la esperanza de ver terminar sus males sino también para un gran número el alivio de la libertad.
Estos religiosos han hecho más por la humanidad que otros cuyo nombre se proclaman muy en alto. Estos han dado su propia vida, su amor por sus hermanos pobres y desgraciados. Se han entregado en ano de los infieles a fin de redimir jóvenes de clase y esclavos en peligro de renegar, para restituir un marido a su esposa, un hijo a su madre, padre a sus huérfanos. Y por aquello mismo estos humildes héroes no deben quedar ignorados".
No obstante todo lo dicho, háse preguntado de antemano cual puede ser la utilidad actual de la Orden de la Merced y tal cosa es hoy día aún la de espíritus buenos, pero de corto alcance, que no han dejado de hacer valer, que después de la conquista de Argel, ya no había más lugar ciertamente de anhelar la conservación de las órdenes redentoras.
Esto es juzgar demasiado ligero un asunto muy grave.
Sin pretender hacer obra de polemista, ya no me limitaré a modo de conclusión, a exponer uno de los motivos que parecen dirimir el favor de esta orden ilustre que ha sido el objeto de esta exposición y traduciendo en primer lugar íntegramente (con la autorización de los superiores) el primer capítulo de las constituciones de la Merced.
«Nuestra Sagrada Orden de Redentores que es llamada Celestial, Real y Militar», por causa de su origen, de su fundación, el de su primer destino, «fue instituida según el mandato de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, a fin de que aquellos, que habían de formar parte de ella, pudiesen llegar a la perfección cristiana y procurar la salud eterna del prójimo, siguiendo los consejos evangélicos. Los religiosos de la Orden se esforzarán procurando la santificación del alma con el apoyo de la gracia de Dios por el ejercicio de la virtud y de la disciplina regular. «Tuvieron pues por fin promover el bien espiritual del prójimo trabajando para el rescate de los cautivos en la predicación de la palabra de Dios y en la instrucción de la juventud» según la necesidad de los hombres y de los tiempos. Los superiores se esforzaron a fin de procurar el bien del prójimo por tal o cual medio que les sugiriera la caridad.
De hecho, si entre las obras de misericordia, el rescate de los cautivos fue el primer empeño de la familia mercedaria, será perfectamente falso creer que aquel fue el único. Desde el principio de los siglos XIII, XIV y XV (esto se ha dicho ya) vemos a los religiosos ocuparse en la predicación. Encontramos, por ejemplo, tomando rango entre los discípulos más fieles y más activos de San Vicente Ferrer, un mercedario, el venerable Juan Jofré Gilabert. Éste conmovía con su elocuencia las masas cristianas en España y llegó entre nosotros hasta Franche Comté. Vemos que este mismo venerable muy compadecido del estado de miseria al cual son reducidos los dementes, y los niños abandonados, fundó en Valencia, en España, un hospital para acogerlos ahí
Nada hay más laudable que este ejemplo, porque nadie en la Orden y en esta época podrá encontrar quien como el padre Gilabert se retire a su vocación. También hemos visto que entre los limosneros es la pequeña flota de Cristóbal Colón había en ella religiosos de la Merced que partieron para el "Nuevo Mundo" sin preocuparse de los turcos y de los cautivos cristianos de Berbería.
Es del caso además evocar que en el siglo XVII el padre Gabriel Tellez, bajo el nombre de Tirso de Molina, hizo ilustre su nombre en la literatura española con las numerosas obras de su teatro religioso, mientras que otros fueron notables teólogos, profesores y sabios. Finalmente en España, Francia, Italia y América se ocuparon los religiosos no sólo en cuestar y preparar las redenciones, sino también en la predicación y en las diferentes obras del ministerio.
Tuvieron, por lo tanto razón los religiosos de toda la orden que después de haber penado y llorado largo tiempo en presencia de la decadencia aparente de «la Orden Inmaculada», la afianzaron sus superiores mediante el esfuerzo de reconstrucción y adaptación. Las nuevas constituciones «aprobadas en 1895 por León XIII» debían dar una orientación bien actual a la actividad de los mercedarios y permitirles prever un porvenir digno de un pasado glorioso.
No se puede pensar sino que el mandato hecho por nuestra Señora a San Pedro Nolasco, de redimir los cristianos cautivos "en peligro de su fe" tiene un alcance indefinido, de suerte que es bien seguro que nuestra lamentable época no ha escapado a sus vigilantes miras.
No hay ya más cristianos cautivos entre infieles, estoe s sabido; pero hay más cautivas del pecado, almas que se pierden por falta de socorro, de instrucción y enseñanza religiosa. La Orden de la Merced o de la Misericordia no tendrá ya que hacer contra el islamismo sino contra la ignorancia y la indiferencia religiosa, contra lo que se llama "Libre Pensamiento", contra el mal en una palabra, bajo todas sus formas, y tendrá n por lo tanto su lugar aceptable entre las demás familias religiosas.
"Por fin, sus hijos, y todos aquellos que reivindican su espíritu deberán aportar al servicio de Dios y de la Inmaculada Madre del Salvador, como recuerdo de su pasado, como recuerdo del voto de redención, más que nunca oportuno en todo lo que hagan, más energía y más delicadeza que todos los otros. Ellos deberán en todas las circunstancias llevar a cabo del mismo modo una obra de redención y de restauración en Cristo bajo los auspicios de Nuestra Señora. El gran mal de nuestra época es un horrible egoísmo. Este consistirá para los hijos del prójimo, para socorrerle generosamente en todas sus miserias, en todas sus desgracias físicas y morales. En tal caso nada puede ser más propio para desarrollar este espíritu de sacrificio tan deseable que el recuerdo de lo que la Virgen hizo a favor de los numerosos santos de su orden ilustre". Cuando el servicio de Dios y del prójimo les pareciere demasiado penoso, los religiosos de la Merced recordarán que ellos son en particular hijos de la «Mujer Fuerte», y traerán a la memoria que ella les ha prometido una asistencia especial. "Hay en la iglesia de San Adrián en el Foro Romano un admirable cuadro simbólico de esta promesa. Un religioso de la Orden, herido en la cabeza, se agita en el suelo, convertida en sangre su blanca vestidura, porque viene la Virgen y con su presencia mitiga su doloroso aislamiento".
Cada día de su vida, que ellos llaman así, aquellos que llevan sobre el pecho el escudo colorado de Aragón y que pertenecen a la primera, segunda y tercera orden, están real y canónicamente unidos formando una familia religiosa fundada hace siete siglos por la Madre del Redentor, la cual después de aquel tiempo humilde y constantemente ignorada y aplastada bajo la pobreza más efectiva, sus religiosos no cesaron de rociar con su sangre y sus lágrimas todas las partes del mundo, dando en la Iglesia Católica en cuanto pudieron, apóstoles y mártires. Procurarán entonces imitar un poco más al admirable fundador y a todos los que le han seguido en la marcha. Meditarán su vida, sus escritos, y preferirán parecer sus imágenes y reliquias.
Por todas partes buscarán los recuerdos y los vestigios de sus virtudes, de sus esfuerzos y de sus sufrimientos y podrán en sus manos todas sus zozobras y todas sus contrariedades; después como llegará el caso para algunos que estarán con frecuencia solos, solos como el mártir del cual hablamos más antes "el cual es desconocido", solos para armar, solos para defender, solos acaso también para conocer su orden venerable; y no se acobardarán nunca jamás pensando que si la comunión de los santos, es una fuente de gracia para todos los cristianos, la comunión de los miembros de una orden, con los santos que ella ha dado, es necesariamente más estrecha, más íntima y es también la fuente de un indiscutible y delicioso consuelo.
Se puede decir aún, parece que esta devoción a la Virgen de la Merced, reviste en las circunstancias presentes un carácter atrayente de actualidad. Tiene además del otro lado de la frontera, prisioneros que después de nosotros sufren y lloran; sufren en los cuerpos, sufren en el corazón, lejos de la familia y del país natal, sufren tal vez en su fe estando expuestos a la cobardía, a la tristeza, a la inquietud, todos estos malvados consejeros.
Y bien, lo mismo que la Virgen y los santos redentores consolaban en las mazmorras de Argel y de Trípoli a los cautivos cristianos, es necesario que esa Virgen y esos santos lleven la luz y la confianza a las prisiones de Alemania.
Pidámosle por lo tanto que lo hagan de este modo. Roguemos por nuestros soldados y por nuestros prisioneros a nuestra Señora de la Misericordia, la Libertadora de los prisioneros, que con tanta frecuencia hermosearon con su sangre derramada por la fe el escapulario purísimo de su Orden, y por último demos gracias a Dios, por haber orientado esta vieja familia religiosa, hacia un porvenir, que serán, no se puede dudar, tan útil como glorioso. Cerquémosla con nuestra veneración, con nuestra confianza, con nuestra cristiana simpatía, ahora que el rezo de nuestro breviario romano ha de traernos en adelante el recuerdo de San Pedro Nolasco, y de San Ramón Nonato, saludemos estas grandes figuras de la Iglesia. Pidámosle, no sé qué sea, uno poco de caridad heroica, de su fidelidad a la Santa Sede Apostólica y su entusiasmo conquistador.
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