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Los festejos de este Bicentenario son propicios para preguntarnos sobre qué estamos festejando. Para los mercedarios, la Historia puede considerarse como un «camino de liberación». Como fenómeno común de la historia, buena parte de los protagonistas de algún acontecimiento histórico no son demasiado conscientes de todo lo que están protagonizando, del camino que están recorriendo. Las generaciones subsiguientes tienen un punto de vista más alejado y por lo tanto, un campo visual un poco más amplio. Tan sólo las vanguardias ideológicas se arrogan el conocer las «leyes de la historia». Y quizá, los conocedores de esas «leyes de la historia» terminen cercenando los «caminos de liberación» de quienes caminamos por estos mundos de Dios.
De estos conocimientos y desconocimientos fueron protagonistas dos frailes mercedarios, devenidos en capellanes militares durante los primeros tiempos del movimiento de mayo. Una de las primeras medidas de la Junta de Mayo de 1810 fue la reorganización de las fuerzas militares, por decreto del 29 de mayo de 1810. Las autoridades surgidas del movimiento de mayo en el Cabildo de Buenos Aires no estaban muy seguras del apoyo del resto de los cabildos del interior del virreinato, a quienes se les había comunicado lo sucedido mediante circular del 27 de mayo. Y es así que se organizaron dos expediciones para «auxiliar» el movimiento emancipador. Una iría hacia el Paraguay y la otra hacia las ciudades del antiguo Tucumán y del Alto Perú.
En esta última columna, fueron designados dos mercedarios como capellanes militares: fray Manuel Antonio Ascorra y fray Antonio de la Cuesta. [Para no caer en el plagio, remito encarecidamente al lector al trabajo del inolvidable fray José Brunet. Una Orden Militar y sus capellanes castrenses en América. En: Estudios. Madrid, 1974. Separata, especialmente al título cuarto: capellanes mercedarios en la época de la Independencia, pág. 70 a 81]. Ambos mercedarios vinieron a recaer en esos cargos a raíz de la imposibilidad de asumir los dos presbíteros seculares nombrados con anterioridad. Al responder el pedido del obispo de Buenos Aires, el provincial mercedario fray Hilario Torres amplió la colaboración solicitada extendiéndola a todos los religiosos que fueren necesarios: «Y siendo ello en obsequio del servicio del Rey y la Patria, no sólo me halla V. E. obsequente al expresado nombramiento de dicho Padre, sino también deseando ser útil en la parte que pueda caberme, pongo a la disposición de V. E. desde ahora todo el departamento de mi Provincia para que de cualquiera Convento de ella en que tocase la expedición pueda levantar los otros Religiosos que considere útiles a tan importante objeto». El 25 de junio el padre Cuesta es nombrado primer capellán y el padre Ascorra como segundo capellán de la misma fuerza expedicionaria. Los temores de la junta gubernativa no eran infundados. La noticia fue conocia en Córdoba, durante los primeros días de junio. En medio de los cabildeos, se produjo el alzamiento en armas del héroe que había comandado la lucha contra las invasiones inglesas en 1806 y 1807: don Santiago de Liniers. Su lealtad al rey era absoluta, y no admitía una junta erigida en nombre del mismo rey que él obedecía. Se le atribuye la siguiente frase: «Si los ingleses no pudieron hacerlo en años pasados, tampoco podrán intentarlo los abogados de Buenos Aires. El que una vez ha podido romper los sagrados vinculos de la lealtad, jamás puede ser fiel». Los «abogados de Buenos Aires» a quienes se refería Liniers, posiblemente fueran Moreno, Castelli y un poco más distante, Belgrano; el «ala jacobina» del movimiento de mayo. El ejército porteño, compuesto por 1500 hombres al mando de Francisco Ortiz de Ocampo, inició su marcha desde Buenos Aires el 9 de julio de 1810. Con él iban los dos capellanes mercedarios Cuesta y Azcorra. El 14 de agosto las tropas entraron en la ciudad de Córdoba, y doce días después, el 26 de agosto, Liniers y los otros complotados fueron fusilados en el Bosque de los Papagallos y sepultados en una fosa común en la iglesia de Cruz Alta. Cuando se retiraron los húsares de Pueyrredón, el fraile mercedario que estaba a cargo de la parroquia desenterró los cuerpos, y los sepultó separadamente, individualizando cada cadáver. Las tropas de la expedición se acantonaron en Córdoba, el espíritu patriótico decayó enormemente y los desórdenes y deserciones crecieron en número alarmante. En septiembre, la Junta envió a uno de sus miembros, el doctor Castelli, para que reorganizara las fuerzas y continuara el avance hacia el norte. Entre las instrucciones reservadas que debía observar el representante de la Junta, doctor Juan José Castelli, expedidas en Buenos Aires el 12 de septiembre de 1810, ordenaba que fuera arcabuceado —entre otras autoridades— el obispo de La Paz en «cualquier lugar donde sea habido». También recomendaba implantar el terror entre los enemigos. [Cfr. Biblioteca de Mayo, Tomo XIII, Expedientes y Sumarios. Buenos Aires, 1962, pág. 11765 y ss. Causa del Desaguadero. Proceso a Juan José Castelli]. Pero las tropas que se dirigían al norte no tenían la instrucción militar adecuada, había desgano en las marchas, los soldados corrían en desorden y los oficiales a distancia sin ningún tipo de cuidado. [Cfr. Biblioteca de Mayo, Tomo XIII, Expedientes y Sumarios. Buenos Aires, 1962, pág. 11481 y ss. Causa del Desaguadero. Proceso a Juan José Castelli. Oficio de la Junta a Juan José Castelli, del 22 de septiembre de 1810, y pliego cerrado para ser abierto ante la Junta de Comisión de la Expedición Auxiliadora de las Provincias Interiores]. En ese marco, y ya en territorio altoperuano, son aprehendidas algunas de las autoridades españolas a que hacían mención las instrucciones de septiembre de 1810. Los capellanes mercedarios impartieron los últimos sacramentos a los condenados. El autor anónimo que redactó en Montevideo, enero de 1812, la «Relación de los últimos hechos del General Liniers», no vaciló en enlodar la reputación de ambos religiosos: «Todo el tiempo que duró la prisión fue del mayor tormento para los señores Nieto, Sanz y Córdoba .... ... a las diez de la noche del 14 de diciembre se les intimó sentencia de muerte ... y les negó la elección de confesores, precisándoles a que todos fuesen confesados por los capellanes de su ejército, que lo eran entre otros dos frailes de la Merced de Buenos Aires que escandalizaron a todos los pueblos donde han estado por sus vicios y desórdenes; y siendo la irreligión su principal distingo, sin duda quiso Castelli que le revelasen las confesiones, y no se puede dudar lo hiciesen.» [Cfr. Biblioteca de Mayo. Tomo V. Diarios y Crónicas. Buenos Aires, 1960, pág. 4276 y 4277. Anónimo. Relación de los últimos hechos del General Liniers.] Por una serie de causas concurrentes, las huestes argentinas sufrieron las derrotas del Desaguadero y de Huaqui en el otoño de 1811. Después del desastre de Huaqui —20 de junio—, el brigadier Antonio González Balcarce acusó al padre Ascorra de influir en la fuga de la tropa, aconsejando su separación y su regreso al convento de Buenos Aires. El oficio tiene data del 28 de junio de 1811. El jefe del ejército, Pueyrredón, proveyó en consecuencia el 17 de noviembre de 1811, separando a De la Cuesta y Ascorra, «sin que se entiendan perjudicados en su reputación», y enviándolos de regreso a su convento. El padre Ascorra inició una acción ante las autoridades, y obtuvo la reparación de las acusaciones infundadas de que fuera objeto, luego de cuatro largos años de injusticia. Ambos terminaron sus días secularizados. De la Cuesta vivió pobremente hasta después de1844, mientras Azcorra continuó como capellán militar, figurando en los cuerpos de fusileros en 1824 y de artilleros en 1827. Volviendo a la pregunta del comienzo: ¿qué estamos celebrando? Si todavía siguen apareciendo citas sobre el padre Azcorra como contrarrevolucionario. Si en la página oficial del gobierno argentino sobre el Bicentenario, en la Batalla de Tucumán, no figura el generalato de la Virgen de la Merced, y lo que es más increíble ni en la del propio Instituto Belgraniano al referirse a «Belgrano y la Batalla de Tucumán». Una respuesta posible es: «los habitantes de este suelo empezamos a caminar hacia la libertad hace ya dos siglos y “bajo la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia” todavía no nos cansamos de hacerlo».
Archivo de la Merced de Córdoba |